El oso herido ruge: el pánico de Putin y su chantaje nuclear

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EL AUTOR es contador publico autorizado. Reside en Nueva York

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Cuando un matón se siente acorralado, grita más fuerte. Eso es lo que hace hoy Vladimir Putin. Basta que Volodímir Zelenski anuncie la construcción de un misil poderoso, capaz de llegar al corazón del aparato militar ruso, para que el Kremlin responda con lo único que sabe hacer: más bombas sobre Kiev y más amenazas atómicas. Esa no es la reacción de una potencia segura de sí misma. Es la de un autócrata al que se le acaba el libreto.

Durante años, Moscú vendió al mundo la imagen de un ejército invencible, de una «operación especial» que terminaría en días. Han pasado años, cientos de miles de bajas, una economía puesta al servicio de la maquinaria de guerra y un país entero hipotecado a la vanidad de un solo hombre. La victoria relámpago nunca llegó. Lo que llegó fue la trinchera, el desgaste y la dependencia de drones y municiones comprados a otros regímenes parias. Y ahora, cuando Ucrania demuestra que no solo resiste sino que fabrica su propia capacidad de respuesta, el Kremlin se descompone.

Fíjense en el patrón. Cada vez que Ucrania da un paso adelante, ya sea con nuevas armas, con apoyo de sus aliados o con un golpe certero a la logística rusa, Putin recurre al mismo repertorio. Primero, bombardeos masivos contra la capital, contra edificios de apartamentos, contra la infraestructura que da luz y calefacción a civiles. Después, el chantaje: que si la OTAN, que si Occidente, que si las líneas rojas, que si el arsenal nuclear. Siempre la misma amenaza, tantas veces repetida que ya suena a disco rayado.

Porque eso es el chantaje nuclear de Putin: un disco rayado. Lo agita cuando le conviene, lo guarda cuando nadie se asusta y lo vuelve a sacar cuando las cosas se ponen feas. Quien de verdad está dispuesto a usar un arma no pasa años anunciándolo. Quien lo anuncia sin cesar busca intimidar, no disparar. Y ese es precisamente el drama de los dictadores acorralados: confunden el miedo ajeno con respeto y la amenaza con poder.

Hay que decirlo sin rodeos

Bombardear Kiev no es una estrategia militar. Es terrorismo de Estado. Atacar a una población civil para doblegar su voluntad es un crimen de guerra con nombre y apellido, y quien lo ordena desde un despacho dorado en Moscú debería responder algún día ante la justicia internacional. Que ya exista una orden de arresto de la Corte Penal Internacional contra Putin no es un detalle menor. Es la certificación jurídica de lo que el mundo ve con sus propios ojos.

Y todo esto se hace con la arrogancia de quien se cree intocable. Putin habla del mundo como si fuera su patio trasero y de Ucrania como si fuera una provincia rebelde y no una nación soberana. Esa soberbia imperial, esa nostalgia enfermiza por un imperio que se desplomó hace más de tres décadas, es la raíz de esta tragedia. No defiende a Rusia. La desangra. Le quita a una generación de jóvenes para alimentar una guerra que no podía ganar como la planificó y que no se atreve a terminar.

Mientras tanto, los ucranianos siguen ahí. Siguen bajando a los refugios cuando suenan las sirenas, siguen reconstruyendo lo que cae y siguen produciendo, inventando y resistiendo. Eso es lo que más enfurece al Kremlin: no poder quebrar la voluntad de un pueblo que decidió no arrodillarse. Cada nueva arma ucraniana es, además de un recurso militar, un mensaje político: no nos van a borrar.

A quienes en América Latina todavía miran hacia otro lado, o peor, justifican al agresor con el viejo reflejo de que «todo lo que moleste a Washington es bueno», conviene recordarles algo elemental. Hoy el invadido es Ucrania, pero el principio que se juega es universal. Si el que tiene bombas puede borrar las fronteras del que tiene menos, ningún país pequeño está a salvo, y nosotros, en el Caribe, lo sabemos bien.

Que no nos asuste el ruido. El oso herido ruge porque está herido. El mundo libre no puede permitir que el miedo a un chantaje atómico se convierta en la herramienta con la que un dictador consiga lo que no logró con sus tanques. Ceder ante el matón no trae la paz. Solo garantiza que vuelva mañana con una exigencia mayor.

Putin puede seguir lanzando misiles y amenazas. Lo que no puede es detener la realidad: su guerra está fallando, y lo sabe. Por eso grita.

jpm-am
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juan
juan
9 minutos hace

Un analisis muy certero!

Felix R.
Felix R.
38 minutos hace

Completamente de acuerdo. Le faltó decir que Putin no puede terminar la guerra, porque sabe lo que le pasa a todo dictador al finalizar una aventura militar fracasada.

Hermes
Hermes
1 hora hace

Se nota el odio cerval del autor hacia Putin…