El título surge de un correo que me llegó a principios de diciembre, donde en una institución que se ocupa de ayudar a niños en condiciones especialmente difíciles hicieron un ejercicio en el que le pedían a los niños que dijeran lo que les gustaría ser cuando fueran adultos.
Hubo expresiones de todo tipo, ninguno dijo que quería ser presidente, pero sí político para “ayudar” a su familia.
La expresión tiene muchas lecturas, y como viene de un niño, se me ocurre pensar en el sentido común del muchacho.
El sentido común-el menos común de los sentidos como dicen muchos- es el verdadero sexto sentido y ciertamente no todos lo tenemos, pero es el que nos guía y nos dice lo que tenemos frente a nuestras narices y que si no lo ejercitamos podemos perdernos en lo claro como diría mi padre.
El niño, probablemente de familia muy pobre, porque lógicamente que tiene una familia a la que quiere ayudar cuando ejerza la política, ve que el ascenso rápido en nuestro país se logra haciendo política, no trabajando de sol a sol ni estudiando, porque hay muchos que han estudiado y son profesionales pero no tienen trabajo – habrá muchos más en los próximos años-.
En los barrios los ingresos de muchas de las familias se incrementan en las campañas electorales, que es la zafra de los pobres. Las promesas van en caravanas, se expresan con dinero, cervezas, ron, comida que por demás llevan todos los que andan vendiendo sueños de esperanza. Las múltiples jeepetas de todos los colores que se desplazan por las estrechas calles de nuestros barrios en las campañas electorales son casi un insulto a la pobreza de la gente y las dádivas una humillación, pero la alienación impide que se vea de este modo.
Las elecciones son una zafra, que acciona cada cuatro años y es la única vez que nos volvemos iguales porque el voto no distingue las clases y vale igual el de los ricos y los pobres. Es en esta ocasión cuando los pobres son relevantes y se les corrompe comprando su participación en un certamen donde ejercen un derecho universalmente consagrado.
Un niño que durante la semana apenas sobrevivió y que el fin de semana le dieron una caja con arroz, habichuelas y pollo, seguro que piensa que si hace política podrá comer eso todos los días y no solo él, sino toda su familia.
También el niño que ve televisión y oye radio, se entera de la opulencia con que viven muchos políticos, que el dirigente del barrio se mudo a otro, que antes andaba en moto concho y ahora tiene “yipeta” todo eso le indica que hay que ser político para alcanzar el estatus.
Creo que es politiquería lo que se ejercita en el país, no la política. Eso le ha hecho mucho daño a este ejercicio de esta actividad humana, no estamos construyendo una sociedad sana, estamos corrompiendo a la gente con esa forma.
Con ella se ha contribuido a la cultura del engaño, porque la mayoría de las promesas de campaña no se cumplen, los programas de gobierno ya ni se habla de ellos, porque si se llevaran a cabo habría choque de intereses.
El PIB del país se eleva en el primer semestre de los años electorales. Eso está medido, porque el dinero circula en lugares donde nunca había llegado y corre como los ríos desbordados y llega desde todos los litorales. Es una pena el dispendio cuando ese dinero pudiera emplearse para crear empleos y generar una cultura de trabajo que es lo que de verdad necesitamos para progresar.

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