Cuando de EL Nacional salió La Noticia y fui convocado por la CGT

–¿A quién pondremos como abogado de la CGT?

La pregunta la hizo uno de los directivos.
–Jimmy Sierra es el hombre–respondió Francisco Antonio Santos.
Y me llamaron para darme la buena noticia.
Era el momento en que la Central General de Trabajadores se aprestaba a defender a los periodistas y demás trabajadores del periódico El Nacional, que habían salido de ese medio como consecuencia del conflicto que enfrentó a Víctor Grimaldi con la dirección del vespertino, quien le negaba el derecho a réplica.
El asunto fue que Grimaldi escribió un trabajo sobre un problema que había en Nisibón, Higüey y el director del Listín Diario, el legendario Don Rafael Herrera lo refutó. Al redactar un artículo de réplica, la dirección de El Nacional se negó a publicarlo, por lo que la casi totalidad de los periodistas y parte del personal administrativo y de planta declararon una huelga en solidaridad con Grimaldi siendo, entonces, despedidos todos los huelguistas.
Pero hubo un detalle discordante: el PCD, inexplicablemente, le ordenó a Orlando Martínez que continuara laborando en el periódico, dando la espalda a la lucha de los periodistas y demás trabajadores, hecho que nunca sería olvidado por la historia.
Para responder a la crisis El Nacional reclutó a varios personajes que, aunque no eran periodistas, podrían llenar el vacío. Entre ellos, Roberto Marcallé Abreu, Joseph Cáceres y uno que tenía una amplia sonrisa y una cabellera exótica: Alipio Cocco Cabrera.

Los despedidos resolvieron fundar, primero, El Nacional en Lucha y, luego, “La Noticia”, cuyo primer director lo fue Silvio Herasme Peña y en el cual, además, sobresalían Huchi Lora, Emilio Herasme Peña, Rafael Núñez Grassals, Miguel Hernández, Luis Fernández, Pedro Caba y el propio Grimaldi.
De modo, que yo tendría el honor de reclamar las prestaciones de todo el personal que, defendiendo las mejores causas, había salido de El Nacional.
Pero, me pregunté: ¿Estoy preparado para aceptar este reto? ¿Enfrentaré con éxito a la batería de abogados de ese periódico? ¿No defraudaré a aquellos que creen en mí?. Yo estaba identificado plenamente con la causa. Pero mi experiencia en materia laboral no era suficiente.
Entonces, ¿qué podía hacer?
Primeramente, hablé con Héctor Cabral Ortega, uno de los abogados que más se destacaba en la defensa de los presos políticos. Y luego con otros dos. Pero, en ninguno de los casos quedé satisfecho. Defender presos políticos era una pasión. Un deber. Una misión para muchos abogados como yo, metido en el corazón de los nigrománticos Doce Años. E, incluso, defender obreros sobre despidos, prestaciones u otros asuntos laborales. Pero este caso ameritaba algo más. Además de pasión requería de conocimientos. Al lado del deber debía estar la experiencia. La misión debía estar presidida por la maestría.

Después de mucho cavilar a oscuras fue que pude encontrar la luz: fui donde un amigo que bien podría responder al desafío. Y me acompañó a la CGT, en la Juan Erazo 133, entre la Paraguay y la Mauricio Báez. Al llegar, le dije a Francisco Antonio Santos:

–Yo no estoy en capacidad para, defender como se debe, los intereses de los trabajadores. Pero he venido con un amigo que sí puede librar con éxito esta batalla.
–¿Quién es él?– me preguntó.
–Te presentó –le respondí–, al doctor Julio Aníbal Suárez.
Desde entonces, este abogado incorruptible fue la espada invencible de los trabajadores que enfrentó los desafueros cometidos contra ellos durante los Doce Años. Y más allá.
Yo puedo decirlo.
Yo estaba allí.
(Relato inédito del libro “Antesala del infierno: yo estaba allí”, a salir próximamente)

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