Desde el nacimiento de la república se ha impuesto la barbarie. En pocos momentos de la historia nacional ha estado al frente del país un civilista, y por consiguiente respetuoso de la Constitución.
Por el contrario, desde el 1844 conocemos a los barbaros, a los carniceros históricos, a los déspotas ilustrados, que se han impuesto y han gobernado a su antojo. Hoy tenemos que comenzar a reivindicar la Constitución Nacional.
Pedro Santana, rechazado para estar en el Panteón Nacional, dictó las partes fundamentales de la primera constitución con la punta de su machete. No era la norma de conducta que deseaban los febreristas, derrotados ya en la lucha intestina, sino grupos de pro-españoles, afrancesados y oportunistas.
De ahí es que surge esa primera Constitución que hoy vanagloriamos. Fue escrita y zarandeada a capricho de Pedro Santana, que arribó al primer año de la proclamación de la República Dominicana con un baño de sangre de patriotas.
Si los dominicanos enarbolan esa primera Constitución de forma intocable, proceden también a limpiar podredumbres del uniforme del descuartizador de vacas metido a presidente y hombre fuerte de la naciente república.
Joaquín Balaguer hizo en el año 1966 una Constitución a su imagen y semejanza. Con tanto descaro e hipocresía histórica que nunca la respetó. Es celebre su frase: “Las Constituciones en países como el nuestro, ansiado son y serán por mucho tiempo simples pedazo de papel siempre que no hayan hombres dispuestos a defenderla. Lo que vale en cada ocasión no son las instituciones, sino los hombres”, Joaquín Balaguer, 1966.
Pero en defensa de una Constitución, la del 1963, murieron miles de dominicanos y con las armas en las manos se hizo frente a una grosera intervención militar de los Estados Unidos. Esa Constitución fue lanzada a la basura con el Golpe de Estado del 1963, y nunca jamás volvió a entrar en vigencia.
Donde no hay instituciones fuertes, no puede haber respeto a la Constitución. En el país todas las instituciones son de fachada, por consiguiente la Constitución no pasa de ser un libro para que panegiristas de voz atiplada la defiendan en seminarios y conclaves alejados de las masas.
A la Constitución hay que defenderla hasta con la vida. Es el libro que dicta la norma de convivencia civilizada. Los que osen violarla deben pasar el resto de sus vidas tras los barrotes. Como se demostró en el 1965, los dominicanos no doblan las rodillas ni ante los esbirros locales, ni los grandes imperios. Los reflujos sociales han permitido las violaciones constitucionales, pero cuando la liana se tensa llama el deber patrio en defensa de ese libro que no es un simple pedazo de papel. ¡Ay!, se me acabó la tinta.


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