POR ELVIN SANCHEZ
La historia política dominicana habla con crudeza cuando se le permite hacerlo. Uno terminó suicidándose; otro, encarcelado. Así concluyeron sus mandatos los únicos dos presidentes que, en un contexto democrático, no intentaron reelegirse.
Antonio Guzmán Fernández murió en el ejercicio del poder; Salvador Jorge Blanco conoció la prisión tras dejarlo. No son anécdotas: son advertencias.
Buenaventura Báez jamás dejó de conspirar para regresar a la Presidencia. Mientras vivió, hizo de la política un eterno retorno. Su legado no fue institucional, sino personalista, y sus continuadores , abonaron el terreno para que Ulises Heureaux Lespier (Lilís) consolidara una dictadura que asfixió la naciente República del siglo XIX.
Si observamos con detenimiento, el patrón se repite.
Buenaventura Báez, Ulises Heureaux, Joaquín Balaguer, Rafael Leónidas Trujillo Molina, Leonel Fernández, Danilo Medina y Luis Abinader han gobernado la República Dominicana durante 110 de sus 181 años de vida republicana. Siete hombres, más de un siglo de poder. Los contextos fueron distintos, pero la concentración política ha sido una constante.
En la República Dominicana, construir un presidente se parece a confeccionar un traje a la medida, no del país real, sino de las élites que controlan el poder.
Mientras amplias zonas del territorio aún viven con pisos de tierra, sin energía eléctrica estable y con el motoconcho como principal medio de transporte, el discurso público se mueve como si habitáramos una democracia plenamente desarrollada. Vivimos dentro de una burbuja de apariencias, relatos optimistas y sofismas que no resisten la realidad social.
Y no es una percepción aislada. Desde centros de poder geopolítico y desde los poderes fácticos nacionales, se insiste en habilitar figuras conocidas, reciclar liderazgos y cerrar el círculo electoral sobre quienes ya estuvieron o están en el poder. El relevo político suele ser una ilusión; el retorno, una práctica.
La emocionalidad política del dominicano, muchas veces, se activa más en criptas y funerales que en el estudio de su historia. Somos reactivos al drama, pero resistentes a la memoria. Sin embargo, recorrer críticamente los episodios del pasado no es un ejercicio de nostalgia, sino una herramienta de prevención.
La historia no condena por sí sola, pero advierte. Y cuando una sociedad se niega a escucharla, suele pagar el precio con repeticiones, crisis y desencantos. Auscultar la historia dominicana no es un lujo intelectual: es una necesidad democrática.
JPM


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