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Próximamente viajaré a República Dominicana a reunirme con familiares, amigos y otros relacionados. Espero recibir el calor y solidaridad de buenos y sanos dominicanos, en contraste con una buena parte de la población que parecería estar inducida por otra cultura que la hace renegar de su identidad.
Esto, en cuanto al estilo de vida, nuevas costumbres, modas y demás hábitos. Cuando uno va a la metrópoli dominicana; se desplaza en guaguas “voladoras” y no en una yipeta o vehículo todo terreno, muchos comentan: “ése no parece que vive en Nueva York”. Queda claro que todavía tenemos una cultura dependiente, tribal y muy sincrética; a pesar de nuestra semiología perejil.
Es decir, con todo y un nacionalismo de hojalata una gran cantidad de dominicanos que parecen abominar a sus coterráneos migrantes, demandan de una apariencia neoyorquina y, cuando no, tienen una tendencia hasta cierto punto, euro centrista.
El que uno regularmente vista ligeramente, es decir, de acuerdo al trópico, es suficiente para que muchos piensen que estamos “queda’os”. Y mucho más si no se tiene un celular de los denominados “inteligentes”. Si no se está “acorde” con los nuevos tiempos, carecemos de una personalidad interesante.
En otras palabras, con todo y nuestro chauvinismo; pretendida independencia y soberanía, muchos dominicanos hacen ingentes esfuerzos por parecerse a “los otros” que, en este caso, no son el infierno. Así como hay políticos con ego que no caben en el territorio nacional, hay una masa que quiere exhibir extraordinarias banalidades y barrer con todo lo que tenga que ver con nuestro origen afro-caribeño, la prudencia y sencillez.
Paradójicamente nuestros apetitos aparentemente aparejados con la globalización nos convierten en un conglomerado de fantocherías. Apostamos a las apariencias importadas, y esto no subsume en un mundillo que nos aleja de los problemas vitales que debemos solucionar. Estas son contradicciones de sometidos aldeanos.
Ese extranjerismo, y deseos represados por un Estado que se caracteriza por el latrocinio, y sólo deja caer migajas con características de clientelismo, es lo que lleva a muchos a trepar. Y tras ese arribismo es que incurren en delitos. Algunos, hoy concupiscentes funcionarios y otros que se han movilizados socialmente, no están al margen; rechazan a todo aquel que les recuerde un pasado de pobreza solemne.
Este zigzaguear ha llegado a extremos tales que, incluso, -no todos- petulantes sectores que atrapados en ese dédalo y que se presumen pensantes, no se consideran intelectuales si no tienen una espesa barba; visten estrambóticamente; fuman finos tabacos o pipas, ni paladean exquisitos vinos. Todo ello aparte de obviar sus orígenes y barriadas. ¡Así somos, hoy!
jpm


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