POR RANFIS RAFAEL PEÑA NINA
Recientemente me tocó participar de una discusión donde un haitiano, de manera arrogante y engreída, le enrostraba a un ingeniero dominicano que este país no podía vivir sin ellos, lo cual me irritó mucho y sin invitación previa me hice partícipe de la misma.
Mi temperamento combativo y mucho más cuándo se toca dicho tema, hice en aquél momento el ejercicio yoga del auto control, entendí que aquél escenario no era el apropiado para expresar mi sentir, por ello escojo este medio para desahogarme.
En mi querida patria chica, San Cristóbal, conocí una familia tradicional, la familia Puente, el tronco de aquella familia era un artesano de la albañileria, buscado por todo aquel que pudiera y quisiera presumir de una construcción de primera y sobre todo, un cuarto de baño y una cocina que llamara la atención de cualquier visitante, este era el más adecuado.
Siendo muy niño, le vi junto a su sobrino Jesús, enchapar el baño y la cocina de la casa de mi tía Argentina Nina de Cuevas, en aquellos sino era la mejor casa de todo el pueblo, era sin temor a equivocarme, una de las tres más llamativas de su época, situada en la Avenida Libertad.
Me lleve una gran impresión al verles con palitos de fósforos separar aquéllas hermosas losetas de cerámica, con tal precisión que al terminar aquello era una verdadera obra de arte.
Igual sucedía con los pisos, aquellos que se hacían con figuras y colores llamativos, de los que algunas casas, como la de mis padres que aún se conservan de manera intacta.
La familia Puente fue una tradición de familia, padre, hijos, sobrinos, que encontraron en este oficio la manera digna de vivir, por ello era como una carrera de relevos, vivían decentemente y eso les motivaba seguir la tradición.
De repente, los empresarios de la construcción y sus deseos desmedidos de enriquecerse aún más, sin importar el daño colateral que le causarían a quiénes le ayudaron crecer económicamente, se convirtieron en sus enemigos, ya no se conformaban con la gran diferencia que existían entre ellos y sus trabajadores, querían aún más, aunque fuese arrebatándole parte del salario de sus obreros.
Esos que no les importó un bledo ni sus obreros ni sus familias, mucho menos el impacto de esa indeseada inmigración, de voraces seres que por demás, con un negro historial de hermandad entre los dos pueblos.
Exiliaron en el duro desempleo a miles de hermanos dominicanos, y sustituidos por enemigos históricos, que hoy se abrogan el derecho de condicionarnos a su merced, con el eslogan, Somos imprescindibles y peor aún, enarbolando la bandera del dominicano no quiere trabajar.
Después de haber humillado al obrero nacional, desalentándolos y empujándola a desistir en continuar con una competencia desleal e incapacitada en aquellos momentos que fueron aprendiendo poniéndoles un maestro de obra para enseñarles, hoy día, los haitianos han elevado el valor de su mano de obra a niveles casi insostenibles, por saberse que no tienen mucha competencia porque los empresarios de la construcción destruyeron la mística y el deseos de los nuestros, fueron enterrados por empresarios avaros.
Quise con estas letras hacer un poco de historia y redimir el valor de mis compatriotas humillados más de una vez por sus propios hermanos en favor de nuestros enemigos históricos.
jpm–am


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