Desde los años 80 he percibido de lejos (porque nunca he estado cerca de él) a Rafael Peralta Romero como periodista bien formado, integro y de buen perfil. En los últimos cinco años, tras conversar con él unas cuantas veces e incluso palpar sus escritos diversos, esa imagen suya se ha robustecido.
He quedado convencido de que es de los pocos periodistas dominicanos o personas del mundo de la comunicación que realmente sabe escribir, a lo cual añade comportamiento decente y mesurado, hablar sin estridencias y cultura aceptable.
Pero es oportuno y de justicia poner de relieve que, lamentablemente, ha dado señales recientes de tener lo que la gente común llama “mente obtusa, cerrada”, es decir, aquella que se empecina en un criterio o en una regla sin fundamento y no la cambia por más que le den explicaciones y razones para echarla a un lado o modificarla.
Al principio del presente gobierno Peralta Romero llegó a la dirección de la Biblioteca Nacional, lo que vi complacido porque se tomaba en cuenta no solo su contribución política partidaria sino también la capacidad en el orden cultural. Pero muy pronto él comprobó, en el terreno, las carencias y necesidades menores de ese establecimiento, propiedad del Estado Dominicano y parte de un complejo céntrico.

En vez de presionar por mayores recursos a su ente materna -el Ministerio de Cultura- el novel funcionario vio como alternativa a mano para tratar de acopiar algunos fondos, el revivir una vieja tarifa de cobro -ideada por un inefable antiguo director, pero pocas veces cumplida- a los interesados en celebrar actividades en la biblioteca.
Y fue así como, en noviembre pasado, cuando solicitamos realizar allí la puesta en circulación del libro Memorias de San Cristóbal, nos comunicó por escrito que “el uso de nuestros salones conlleva un aporte del usuario, que en este caso sería de veinticinco mil pesos (RD$25,000). Me complace informarle que he dispuesto la concesión de un descuento para que solo aporte Diez mil pesos (RD$10,000)».
Las críticas le llovieron por cuanto la biblioteca debe estimular las actividades culturales y no ponerle trabas, mucho menos económicas, pero él prefirió el silencio como respuesta. Finalmente, el acto se efectuó en un recinto privado de la Capital y quedó la mancha sobre Peralta, la biblioteca y el Ministerio de Cultura.
¿Por qué da señales de mantener una mente obtusa y cerrada?
Hace pocos días me lo encontré accidentalmente en uno de los pasillos de Bella Vista Mall cuando se disponía a entrar a un banco. Me dijo: “te saludo con el mismo afecto de siempre. Lo único que quería decirte es que averigües desde qué fecha exacta existe esa disposición de cobro por uso de salones de la biblioteca nacional”.
En pocas palabras quiso significar “eso no lo puse yo, lo encontré”. Obvió lo fundamental: el papel de un buen funcionario cuando llega a un puesto es hacer una revisión general, enmendar y corregir. Y, por supuesto, mantener lo que está bien. El ha sostenido que ese cobro indebido e irracional está bien y por eso persiste en su vigencia.
Pero allá él y su superior actual -Milagros Germán, ministro de Cultura- quien no ha abierto la boca en torno a este affaire.
Estoy ansioso esperando que en los próximos días Peralta Romero haga galas de su obstinación y cerrazón cuando pague a su propia institución, la Biblioteca Nacional, la tarifa que exige por uso de salones. Quizás sea el aporte de lista de RD$25,000.00 o a lo mejor se haga auto descuento y lo deje en solo RD$10,000.00.
Es que él usará la sala Aída Portalatín, del remozado centro de libros estatal, para presentar el jueves 20 del presente mes su libro “Conciencia peregrina”, colección de 13 cuentos, género del que es aficionado.
Estoy seguro que, testarudo, hará el pago que ha renovado y defendido a rajatablas (incluso que exhibirá orgulloso, para conocimiento general, el recibo correspondiente), a menos que se acoja a la máxima que hizo famosa y siempre pregonaba un destacado político sancristobalense: “el que administra se suministra”.


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