Por MANUEL NOVA
Hace alrededor de un año, la ingeniera Kimberly Taveras Duarte renunció a su cargo de ministra de la Juventud y se puso a disposición de la justicia para esclarecer cualquier duda sobre la procedencia legítima de los bienes que constan en su Declaración Jurada para cumplir con el mandato de la ley que obliga a todos los funcionarios a declarar sus posesiones.
Se produjo entonces algo insólito. A su alrededor se tejió un movimiento adverso de opinión, dirigido por enemigos solapados, no sólo contra ella sino hacia todos los jóvenes que osan progresar y superarse sobre la base del emprendimiento.
Sin mucho análisis y sin prueba alguna, estos sectores de la prensa descargaron sobre ella una avalancha de cieno, una campaña feroz para presentarla como una funcionaria que no merecía estar en el gobierno.
El caso de Kimberly estableció jurisprudencia, se convirtió en la primera persona perseguida más por lo que debe que por lo que realmente posee en recursos materiales. Porque eso es lo que hay en su declaración jurada: Deudas, deudas de una joven audaz y arriesgada que cree en el esfuerzo y el sacrificio.
Todo este problema le vino por una entrevista que concedió de buena fe a un programa de televisión la cual, más que una entrevista periodística, se asemejó a un acto de fusilamiento moral.
A partir de entonces en el hogar de Kimberly y en toda su familia la alegría se desvaneció. La celebración y la felicidad que levantó su nombramiento como joven funcionaria, que obtuvo por su trabajo político a favor del entonces candidato presidencial Luis Abinader, desaparecieron y en su lugar sólo hay amargura, pena y llanto.
Pero el mayor peso anímico en esta tragedia, además de Kimberly, lo ha pagado su padre. Cuanta angustia ha tenido que vivir un comerciante trabajador y responsable que ha pasado por la peor de las situaciones: ver a su hija, a la que entregó al mundo político desde los 21 años como alcaldesa de La Guáyiga, investigada por su declaración jurada, y desacreditada por un acciones mediáticas selectivas de francotiradores de la moral contra los que han tenido que trabajar duro para llegar a ser alguien en esta sociedad.
Desde el primer día de este escándalo infame, el padre de Kimberly ha colapsado. Ha sido ingresado en cinco ocasiones en la Clínica Corazones Unidos, donde se le ha sometido a varias intervenciones quirúrgicas; como consecuencia de ello su corazón trabaja al ritmo de un diez por ciento.
Está postrado en estado depresivo, anoréxico y con otros malestares sicológicos por la situación que vive con su hija. Un círculo de oración clama justicia y el fin de la agonía de este padre.
JPM

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Quien debia estar en ese estado es la Kimberly y no el padre.