La muerte de Carmelo González, ocurrida la semana pasada en la ciudad de San Cristóbal, me ha recordado un tema trivial, pero ameno, sobre el que siempre he querido escribir.
Me refiero a lo que puede llamarse “Solidaridad entre los sancristobalenses”, consideración que puede ser compartida, enmendada o rechazada por cualquier nativo de ese poblado sureño.
Carmelo González, licenciado en Contabilidad, me dio hace treinta años (sin proponérselo él) lo que para mi constituyó una buena lección de “solidaridad pueblerina”.
A él lo conocía de vista en San Cristóbal, pero nunca habíamos hablado y nos encontramos a mediados del lapso presidencial 1986-1990 (cuando Balaguer volvió al poder para el llamado período de los diez años) en el Instituto de Auxilios y Viviendas (Savica), en Santo Domingo.
El asumió como gerente de Contabilidad, en tanto que quien escribe entró como Encargado de Comunicación y Prensa.

González, si mal no recuerdo, había sido empleado del Monte de Piedad cuando esta entidad oficial (que no sé si todavía existe) tenía su sucursal en una esquina del mercado viejo de San Cristóbal, en la calle Padre Ayala. Pero también había trabajado en las áreas de Contabilidad del Instituto Dominicano de Seguros Sociales y de la Secretaría de Industria y Comercio.
Hombre de color, de baja estatura, Carrmelo era muy amistoso, aunque de lejos no lo aparentaba.
La cuestión es que en esa época se recibía en Savica pocos ejemplares de los periódicos impresos y se daba el caso de que los encargados de oficina reclamaban a la sección Prensa, de la que yo era Encargado, asignación de ellos. Existían entonces los diarios Listín, Hoy, El Caribe, El Sol, El Nacional, Ultima Hora y La Noticia. En la práctica era imposible dar más de un periódico a un departamento.
Fue en esa circunstancia que Carmelo González, a poco de yo entrar a Savica, me visitó en mi oficina y me dijo: “mira Pimentel, nosotros somos de San Cristóbal y tenemos que llevarnos bien. Dame a mi un ejemplar de cada uno de los periódicos y olvídate de los demás”.
De primera intención no me agradó el planteamiento, pero a los pocos minutos le dije que estaba bien y lo haría así. Di instrucciones de darle a él, calladamente, un ejemplar de cada uno de los periódicos.
La decisión me sirvió para de ahí en adelante viabilizar en el departamento de Contabilidad que él dirigía, cualquier asunto que necesitara. Bastaba con enviarle una nota al expediente tramitado (pago de cheques a terceros, dietas, préstamos a empleados públicos, etc) diciéndole “Carmelo: urgente” y en dos o tres horas salía de allí “ready”, positivo.
Fue ahí cuando me di cuenta de lo conveniente de llevarse bien con los compueblanos, incluso de ayudarlos en momentos de necesidad de cualquier índole.
GUAROA UBIÑAS
El caso de Guaroa Ubiñas Renville, cirujano plástico ya setentón, hijo de la conocida profesora Guarina Renville –ya fallecida- cabe muy bien dentro de este tema.

Lo contó hace varios años en el “Encuentro de Historias, Recuerdos y Anécdotas de San Cristóbal”, que organizamos y hemos celebrado la mayoría de las veces en Santo Domingo.
Ubiñas Renville, radicado desde hace varias décadas en la Capital del país, fue muchacho muy conocido en San Cristóbal y vivió en la avenida Constitución, frente al parque Central. Hizo los estudios secundarios en el liceo Manuel María Valencia, que se llamó Benefactor durante la Era de Trujillo.
Poco después de la muerte del Generalísimo comenzó a estudiar en la Universidad de Santo Domingo, que se convirtió en uno de los principales focos de destrujillización, escenario de constantes movilizaciones estudiantiles que provocaban la actuación de la Policía.
Guaroa Ubiñas Renville, a distancia ya del control de hierro de su madre, se convirtió prontamente en la universidad en un beligerante que trataba de estar en el núcleo de todos los movimientos de los grupos radicales.
Un día de revuelta en el recinto universitario, que entonces no estaba rodeado por la verja de ahora, trató de entrar junto a su compueblano Sócrates Barinas Soñé (Socratico) por un punto vecino al Instituto de Oncología. La Policía prácticamente rodeaba la zona y detuvo a los dos sancristobalenses y a muchos más, siendo conducidos todos apretujados en un camión al palacio de la institución en la calle Leopoldo Navarro.
Los detenidos eran decenas y fueron apiñados en un lugar al que poco después llegó un oficial superior que llamaba la atención por su perfil físico.
Se trataba del coronel Bolivar Soto Montás, abogado sancristobalense que fue presidente del Partido Dominicano en la localidad alrededor de 1960 y que ingresó a la policía tras los sucesos del 30 de mayo de 1961, obteniendo rápidamente el grado de coronel.
Tan pronto llegó y tomó mando, Soto le dijo al oficial subalterno –con voz que percibió Ubiñas Renville: “llama a los que son de San Cristóbal y suéltalos a todos”.
Ubiñas Renville, quien estaba frente a frente a los oficiales y en esa época evidenciaba una actitud rebelde y radical, reaccionó diciendo: “no, si es por ser de San Cristóbal a mi no me suelten”.
Soto Montás, quien era mayor que él y lo conocía bien en la ciudad de San Cristóbal, ripostó con autoridad diciendo: “vamos, vamos, fuera, fuera….y por aquí no quiero verte otra vez”.
Los sancristobalenses liberados fueron muchos, quizás más de diez, menos uno: precisamente el compañero de Ubiñas Renville, de nombre Sócrates Barinas Soñé, hijo del doctor Sócrates Barinas Coiscou con su esposa de entonces Rosita Soñé del Castillo. El coronel policial no dio explicaciones de por qué retenía a Barinas Soñé, llamado desde muchacho Socratico y quien es en el 2020 ingeniero civil.
Ubiñas Renville salió veloz del cuartel general policial y se dirigió a la casa de la familia Barinas Soñé, enterando de la situación a la madre de su amigo. Doña Rosita, quien en ese momento era muy altiva y enérgica, especuló que posiblemente la actitud de Bolivar Soto Montás obedecía a alguna diferencia con Sócrates Barinas Coiscou, “ya que ambos son abogados”.
La mujer se vistió rápidamente, se dirigió al palacio policial acompañada de Ubiñas Renville y a poco se vio frente a frente con Bolivar. “Ella le entró como la conga y le dijo de todo, reclamando la libertad de su hijo”, cuenta ahora Guaroa.
Soto Montás no tuvo más remedio que autorizar la libertad de Socratico, sin que nunca se supiera a que se debió la retención inicial. (Soto Montás alcanzó el generalato y falleció en Santo Domingo hace como dos décadas.
Para el hoy médico Guaroa Ubiñas Renville, el hecho confirma que ha existido siempre lo que puede llamarse “solidaridad sancristobera”.
ANOTACIONES
Para los sancristobalenses (o sancristoberos, como dice la Real Academia de la Lengua), algunas anotaciones de valor pueblerino:
1.- Carmelo González, quien nació en La Romana y llegó a San Cristóbal en 1940, tenía 94 años de edad, pero aparentaba mucho menos. Además de las instituciones antes mencionadas, laboró durante algún tiempo en la Autoridad Portuaria Dominicana. Tuvo 12 hijos con seis mujeres. Solo recuerdo a tres, muy afables ellos: Daniel, quien se hizo abogado y reside en EEUU; Frank, quien está radicado en Europa pero abrió un coquetón bar en San Cristobal, y David.
2.- Doña Rosita Soñé del Castillo, la madre de Socratico, falleció hace dos o tres años con una edad superior a los 101 años. El doctor Sócrates Barinas Coiscou sigue residiendo en Santo Domingo rondando los 104 años de edad.
3.- Mucho después del incidente con el coronel Soto Montás, Guaroa Ubiñas Renville acentuó la labor política en la universidad y fue (a los 23 años de edad) por dos periodos consecutivos -a partir de 1967- secretario general de la Federación de Estudiantes Dominicanos (FED).


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