No logro borrar de mi mente la cara sonriente, los ojos iluminados por la vida, de la niña Yaneisy Rodríguez, de apenas cuatro años de edad asesinada brutalmente.
Los hechos narrados por la Policía resultan aterradores.
Pienso en el sufrimiento, el dolor inmenso de esa pequeña criatura mientras su cuerpo era desgarrado, como una muñequita de trapo, por su captor, abusar, depredador y asesino que sin ningún aprecio por la vida, sin ninguna sensibilidad, después de haberla violado, la mató y luego la tiro a un vertedero como si fuera un estropajo.
No hay castigo suficiente para alguien capaz de cometer un crimen tan salvaje, no hay condena, no hay cárcel para una bestia semejante. Ese joven-adulto no paga ni con su vida el daño producido. Matarlo, como se merece, sería un premio.
Cierro los ojos y me parece escuchar los gritos angustiosos de la niña, su dolor inmenso, su impotencia, su debilidad ante el lobo feroz que le arrebataba su último aliento, sin entender por qué.
Que me perdonen los cristianos, pero en momentos como los que vivió esa inocente y frágil criatura, que nunca le hizo daño a nadie, que no cometió ningún pecado, me pregunto, ¿dónde estaba Dios cuando esos animales cometían tan brutal asesinato? ¿Por qué no lo impidió si está en todas partes y es amor?
Abogados, políticos y congresistas reaccionan ante tan insólito crimen, y como siempre, dicen lo mismo: que hay que ampliar las condenas, que las leyes deben ser más duras. El populismo jurídico. ¡Deberían sentirse culpables y guardar silencio!
El crimen de Yaneisy no puede verse aisladamente, ni como algo fortuito. No. Es el resultado de una sociedad, de un sistema. La víctima no es solo la menor. Hay muchas víctimas en este y en otros hechos horrendos. Esos monstruos los crea un sistema político, económico y social que no protege a la gente, que no le garantiza salud, educación, vivienda, trabajo digno y esperanza en el porvenir.
Marginalidad, pobreza, hacinamiento, familias disfuncionales, hogares desechos, falta de educación, de valores cívicos y morales, producen crimines y delitos, tan recurrentes como los que vemos cotidianamente en los medios de comunicación, que nos llenan de horror y nos avergüenzan.
El auge de la delincuencia y la criminalidad es un fenómeno social que no ha sido enfrentado por las autoridades. La democracia dominicana es un fracaso en materia de educación, salud, vivienda, empleo, agua potable, energía eléctrica, seguridad social y ciudadana. Los derechos fundamentales de la población no están garantizados. Al contrario, son burlados sistemáticamente.
Culpar a la madre de la niña, acusarla de negligencia, llevarla a los tribunales, condenarla incluso y llevarla a la cárcel es injusto independientemente de que actuara incorrectamente. Jamás podría ella imaginar que alguien “de la casa” raptaría, violaría y mataría a su hija. Supongo la inmensidad de su dolor y sufrimiento, de su angustia y desolación. De algún modo ella también es víctima del sistema que la condenó a la ignorancia, la pobreza y la marginalidad, a no saber ser madre.
Pasaran los días velozmente, pronto la prensa olvidará el caso. Sucederá otra vez, en otro paraje o ciudad. Volveremos a llorar como ahora, pero nada cambiará. Seguiremos viendo escenas de terror. La pregunta es: ¿qué harán las autoridades para impedir esos hechos, igual que los asesinatos de mujeres a manos de sus ex parejas?
Mientras no cambie el modelo, mientras no haya una redistribución de las riquezas nacionales y mayor equidad, seguiremos llenándonos de estupor.
JPM/of-am


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