El derrumbe de un tocayo

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Da pena apreciar como un político se va a la ruina emocional, se deja atrapar por un deseo no satisfecho y actúa guiado por el rencor, como un niño al que los Reyes Magos no le ponen, esta vez, la bicicleta esperada, olvidando el infante que en tres oportunidades le dejaron bicicleta.

Es muy triste ver un político atrapado en contradicciones que no tienen pie ni cabeza. Si hubiese ganado las primarias, entonces el PLD sería el mejor partido, pero al perder ahora es lo peor. El sentido de la mala fe cumbre su ánimo, su único propósito es que el partido morado pierda. Su discurso es un desquite. Es la misma actitud del femenicidio, “como esa mujer no puede ser mía, la mato”.

El tocayo es un celoso de la política, pues antes, “el querido PLD era un amado incomparable”, después de su salida lo aprecia cómo, “un ente de corrupción”.  Por lo visto, él era lo único bueno que había, pero al marcharse ya esa organización morirá. En pocas palabras: el PLD era él.

Perder el sentido común es casi una locura, es una especie de reedición del “Quijote”, con el riesgo de que cuando cuenten los votos, entonces se armará la guerra al chocar con los molinos de viento de la realdad. ¡Fraude! Será el grito para dar inicio al combate.

Cuando la base emocional se debilita, la personalidad se derrumba, una característica propia de caudillos y egoístas. Este celo político es peligroso, debe evitarse un homicidio electoral. ¡Calma amigo! Todo no está perdido. Los celos ciegan.

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