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Se acerca la Semana Santa, tiempo de asueto que nos da la oportunidad de elegir entre dos vías.
Una, que conduce a lo efímero, a lo caduco y banal: vacaciones sin sentido, sin reflexión ni oración sobre el acontecimiento maravilloso que nos ha regalado Dios en su inmenso Amor de redimirnos y salvarnos. Esta vía invita a la dispersión, a la borrachera y malos vicios que tristemente inducen muchas veces hacia la muerte en múltiples vertientes (accidentes de transito producidos por irresponsabilidad del chofer borracho, por violencia ya sea por robo, celos, o ajustes de cuentas…)
La otra, es la mejor vía sin lugar a dudas: aquella que debemos escoger por nuestro bien que es la de reencontrarnos con Dios, de valorar lo que ha hecho por nosotros; y lo que sigue haciendo a cada instante. En esta vía se encuentra el máximo bien, mejor dicho el único bien porque lo antes dicho en la primera vía descrita no es mas que un espejismo mal visto que nos engaña, al pretender que creamos que así se encuentra la felicidad. En cambio, esta vía que describimos tiene las características de que nos conduce a la felicidad inmensurable y eterna, porque es la vida misma, la eternjosea fuente de la felicidad, del amor y de la armonía.
Escojamos esta vía que no es mas que Jesús mismo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”, no importa el lugar donde escojamos estar, tomando en cuenta que en la medida en que oremos tanto personal como comunitariamente (preferiblemente en las Iglesias con los sacramentos) sentiremos mas cerca su presencia, y reflexionemos sobre su vida y lo que El quiere hacer con nuestra vida para que con El, por El y en El le demos gloria al Padre.
Invoquemos la intercesión de María, Madre de la Iglesia, para que Ella, nos acompañe en este itinerario cuaresmal, y podamos escuchar la voz de Dios en lo más profundo de nuestro ser, percibiendo así la alegría inmensa de las fiestas pascuales.
Terminamos esta breve reflexión haciéndonos eco de palabras muy sabias del Papa emérito Benedicto XVI: “la Cuaresma es el tiempo privilegiado de la peregrinación interior hacia Aquél que es la fuente de la misericordia. Es una peregrinación en la que Él mismo nos acompaña a través del desierto de nuestra pobreza, sosteniéndonos en el camino hacia la alegría intensa de la Pascua”.
JPM


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