El interés puesto de manifiesto por el presidente de Republica Dominicana, Danilo Medina Sánchez, en procura de alcanzar un acuerdo salomónico entre el Estado y la oposición venezolana, en base al diálogo plural y abierto, constituye un noble gesto de parte de la gobernanza dominicana.
Es una valiosa iniciativa que habla muy bien de la visión y el compromiso que luce asumir el mandatario dominicano ante la crisis de un pueblo hermano merecedor de mejor suerte.
No obstante, conforme a lo hasta ahora conocido, no es necesario ser duchos en la materia para asimilar que el ejercicio en cuestión se encamina a un parto de consecuencias dolorosas.
Por más vueltas dadas a la apariencia, lo cierto es que, lo que está llamado a ser un ejemplo de diálogo franco y abierto, da notaciones de ser un concierto de voces desafinadas y predispuestas a evitar el entendimiento, al margen del empeño de sus convocantes.
La intransigencia y la soberbia de allá, donde sobresale la imposición del soliloquio, encarnado en el diálogo en cuestión por representativos saturados de las pasiones y el sectarismo, por más aparentes coincidencias brotadas del tintero, han obstaculizado y seguirán frenando la germinación de un desenlace capaz de satisfacer de manera lógica y racional a la mayoría de la población venezolana.
Lo que desde un principio pareció ser un interesante y estimable escenario para contribuir a la soñada unidad, justicia y paz en la tierra de Gran Libertador, hasta el momento no ha trascendido más allá de proyectarse como un imponente y florido tablado protocolar donde dominan el verbo cachazudo y los oídos afectados por la sordera que genera la lujuria de la política partidaria, muchas veces inducida por quienes manejan el capital.
Hoy, acéptese o no, el diálogo Estado y oposición venezolana, en la República Dominicana, proyecta estar en el limbo, al margen de los ingentes esfuerzos que desarrollan sus organizadores para evitar un estruendoso fracaso.
Los epítetos de «lideres mediadores en procura de la paz», «conciliadores para evitar la guerra» y «negociadores de conflictos internacionales», entre otros, parecen cada vez menos alcanzables entre aquellos que, por conveniencias políticas electoralistas o por simple razones de humanidad, se han embarcado en generar un ambiente de respeto, libre convivencia y autentica democracia en la patria de Simón Bolívar.
Sin pesimismo alguno y sin necesidad de proyección de genialidad en el engorroso análisis de las declaraciones emitidas por quienes encabezan y participan en el dialogo motivo de estos párrafos, para preocupación y dolor de quienes conforman la sociedad bolivariana, lo hasta ahora observado en sus exposiciones conduce a un colofón lastimoso que raya con lo absurdo.
En poca palabras, el dialogo del Estado y la oposición venezolana, en la capital dominicana, independientemente de los matices que se le quiera imprimir, lamentablemente, a la fecha, es un referente motivo de tristeza que evidencia una mayúscula expresión de cómo es posible perder el tiempo y las energías humanas en retóricas baratas y huecas de contenidos.
Qué pena !


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