Todo lector de la Grecia clásica tropieza con la fascinante figura de Alcibíades, un general ateniense que durante la guerra del Peloponeso estuvo al servicio de ambos bandos, es decir, Atenas y Esparta. Posteriormente, ya con demasiados enemigos en tierras helenas, se convirtió en consejero de los persas. Aunque recuperaría su cargo en Atenas, fue obligado nuevamente a marchar; creyó encontrar refugio en Frigia, pero allí la muerte finalmente lo alcanzó.
Hoy, de entre los restos de la Unión Soviética, surge un personaje que emula al estratego ateniense: protagonista de la guerra con Rusia, Mijeíl Saakashvili fue presidente de Georgia dos veces en virtud de haberse opuesto a su mentor, Eduard Shevardnadze.
En 2015 Saakashvili es nombrado gobernador de Odesa, la provincia más grande de Ucrania. Casi al mismo tiempo Georgia le retira la nacionalidad y pide su extradición en el marco de unas investigaciones sobre prevaricación. Entretanto, el político transfronterizo dimite de su cargo luego de haber acusado de corrupto a su antiguo aliado, Petró Poroshenko, el presidente de Ucrania.
Habiendo perdido también la nacionalidad ucraniana, el que fuera en Georgia líder de la revolución de las rosas regresó a Ucrania y estuvo a punto de causar una revuelta.
La rocambolesca historia de este apátrida que fue soviético, georgiano y ucraniano, en cierta medida, supera a la de Alcibíades si se la toma como base argumental para escribir una novela. No obstante, más allá de la curiosidad que provoca, no sería la primera vez que un ejemplo exagerado ayuda a abrir un debate más sensato.
En una Unión Europea que urgentemente busca reformarse para superar los escollos en forma de nacionalismo que la crisis económica dejó, no es descabellado pensar en un “Erasmus” de larga duración para políticos y funcionarios. Una traba no tan conocida es que el sufragio activo y pasivo de los europeos tiene como tope el ámbito municipal en un Estado miembro diferente al suyo.
Un entrecruzamiento de la implicación y la responsabilidad puede refrescar la idea de Europa, pues, aun con los perjuicios de la burocracia, paradójicamente, la libertad del europeo se sigue extendiendo a través de una maraña institucional.
Si los Estados miembros se salpican recíprocamente con distintos profesionales, la clase política europea de mañana será más abierta que la elite dominante observada por Gaetano Mosca. Simultáneamente, facilitar la exportación de funcionarios ampliará el espacio de esa jaula de hierro acuñada por Max Weber.

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