Cuando recibí la noticia el primer impacto me sobrecogió. Una sensación de desasosiego ocupó mi mente. Su muerte era como un infarto al corazón, que siempre deja áreas irrecuperables.
Mi experiencia personal con Arístides se remonta desde mi época de estudiante de Teatro. Él ya era una figura consagrada al que encontraba en Bellas Artes y en determinados eventos culturales. No obstante ser tan señera figura, andaba despacio, un tanto ensimismando y jamás haciendo alardes de sus asombrosos conocimientos y gran talento.
Desde que lo conocí decidí adoptarlo como ejemplo a seguir. Se trataba de un renacentista (investigador histórico, escritor, buen artista, hombre culto) que, como tal, ninguna manifestación cultural le era extraña o ajena.
El canto y la música eran, por supuesto, sus disciplinas primarias. Pero en su callada pasión también amaba todas las demás manifestaciones artísticas.
Esto quedó manifestado cuando aceptó ser nombrado Director General de Bellas Artes. Siéndolo, protegió e impulsó todas las bellas artes por igual. Su honestidad era ya legendaria y le imprimió ese sello a su gestión pública. Frecuentemente los grandes artistas no resultan ser buenos gerentes en la administración pública, No fue el caso. Arístides se ocupaba en Bellas Artes personalmente de cada aspecto. Podía atención y pasión a los grandes proyectos y, al mismo tiempo, era capaz de tener siempre tiempo para los pequeños asuntos de empleados y artistas. Y lo sé por experiencia propia.
Lo que Tony Raful ha llamado en uno de sus poemas “toda esa burocracia de la muerte”, exige en momentos como éste resaltar la vida del difunto. Sin embargo, con Arístides Incháustegui loas y aplausos están absolutamente justificados. Él fue un lujo que nos dimos los dominicanos durante setenta y nueve años.
Lo lloramos ahora, porque la emoción nos obliga. Pero mañana, cuando empecemos a asimilar su partida, lo vamos a aplaudir… por siempre.
—Amigo mío, admirado Arístides, fue un verdadero honor conocerte y ser testigo de tu paseo terrenal. No sé, francamente, si merecía todo ese honor; pero nada me impidió disfrutarlo. Ojalá sea posible que, en la muerte, los justos se conviertan en duendes. Si ocurriera, te voy a descubrir en las buenas canciones, en las notas quedas del oboe, en la esperanza que nos propone el violín, en las escenas atrevidas, en el trazo de pinceles, en la danza… y en la luz…
¡Telón!


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