Uno de mis autores favoritos es San Francisco de Sales. Sencillamente, por pregonar la grandeza de la sencillez. En un mundo cada vez más complicado porque cada uno se esmera en tal quehacer que incluso permea nuestra vida espiritual, es preciso recordar las máximas de este gran Doctor y Santo de la Iglesia. La definición que daba a tan especial virtud: “La sencillez no es otra cosa que un acto de caridad pura y simple, que no tiene sino un solo fin, que es adhirir el amor de Dios; y nuestra alma es simple cuando no tenemos otra pretensión en todo lo que hacemos”. No se queda en definirla. La explica! “No sabemos lo que es amar a Dios. El amor de Dios no consiste en los más grandes gustos y sentimientos, sino en la más grande y firme resolución y deseo de contentar a Dios en todo; y en procurar, hasta donde podemos, no ofenderle, y en pedir que la gloria de su Hijo vaya siempre aumentando. Estas cosas son señales de amor”. Definitivamente, nos hace mucha falta en nuestra vida espiritual llevarnos de este sabio consejo. Cuántas heridas por no aplicarla! Hay mucha gente que se deja llevar por la corriente de algunas personas “sensitivas” que hasta se “vanaglorian de lo mucho que sienten en materia espiritual”. Cuidado con esto!! Sigo con San Francisco de Sales….Dice más aún: “Respecto a los que se esfuerzan en gran cantidad de ejercicios y medios para amar a Dios, exclama: Pobres gentes! Se atormentan por encontrar el arte de amar a Dios, y no saben que no hay otro que amarlo; piensan que se necesita cierta sutileza por adquirir ese amor y, sin embargo, sólo se le encuentra en la sencillez. Para amar a Dios “no hay otro arte que practicar las cosas que le son agradables; y éste es el único medio de encontrar y adquirir ese amor sagrado, con tal de que esa práctica se emprenda con sencillez, sin turbación y sin afán desmedido”. Nos habla de nuestro temor al futuro (contexto espiritual). Reclama: “Por qué temer al porvenir? Además de que exageramos frecuentemente sus amenazas, debemos confiar en Dios, que nos dará cada día los socorros necesarios. Pensemos solamente en hacer el bien hoy, y cuando llegue el día de mañana pensaremos en él. Aquí radicará nuestra gran confianza y resignación en la providencia de Dios. A los que se afanan por la perfección, recomienda que se dejen gobernar por Dios y no pensar tanto en ellos. Es mejor tener una resolución general y servir a Dios lo mejor que puedan y no distraerse en examinar minuciosamente cual es la mejor manera de hacerlo. No sé si saben que a este Santo le llaman el Abogado de la Santa Indiferencia. Como muestra un botón y aquí el de cierre: “Hay que dejar nuestra vida y todo lo que somos a la pura disposición de la divina providencia, porque no somos ya de nosotros mismos, sino de Aquel que, para hacernos suyos, quiso de manera amorosa hacerse todo nuestro”.
La grandeza de la sencillez
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