Por GISELE HALIMI ARIAS DISLA
Hablar de arquitectura suele traer a la mente imágenes de edificios, ciudades y la organización de los espacios en sentido general. Sin embargo, detrás de esa percepción existe una realidad menos visible: la precarización progresiva del ejercicio profesional del arquitecto.
Esta realidad, lejos de ser una abstracción, se ha manifestado en mi propia experiencia. Tuve la oportunidad de dirigir un departamento de arquitectura, liderando el desarrollo de proyectos tanto nacionales como internacionales; sin embargo, la responsabilidad que asumía no guardaba correspondencia con la remuneración que recibía.
Esta desproporción me llevó a tomar una decisión difícil pero necesaria, que fue abandonar el ejercicio profesional como empleada y concentrarme plenamente en la docencia universitaria, donde encontré mayor estabilidad y valoración económica. Esta decisión la tomé hace más de una década y, aún hoy, el panorama sigue siendo esencialmente el mismo, comprobado en una reciente visita a ese entorno laboral, en el que una colaboradora se refirió a mi como “un talento desperdiciado”.
Aunque esa afirmación podría parecer injusta frente a la labor formativa que realizo desde las aulas, aportando a la sociedad a través de la enseñanza, comprendí que la reflexión iba en otra dirección, ya que el verdadero desperdicio al que ella se refería estaba orientado a la práctica profesional, a la ausencia de ese talento en el desarrollo de proyectos de gran relevancia, donde el criterio técnico, las decisiones de diseño y la visión arquitectónica dejan de materializarse.
Preguntas
Ante este panorama, surgen preguntas inevitables:
¿Estamos formando arquitectos para un mercado que no los valora?
¿Está el sistema laboral preparado para reconocer la complejidad real de esta profesión?
¿Cuál es la realidad laboral de la mayoría de los egresados de la carrera de arquitectura en la República Dominicana?
Estas interrogantes conducen a una necesidad clara, que es replantear la relación entre la academia, el mercado laboral y las estructuras de remuneración. No basta con formar profesionales altamente capacitados, resulta imprescindible garantizar condiciones laborales que reconozcan su verdadero aporte.
Si bien el perfil profesional del arquitecto es amplio y responde a una formación sólida y multidisciplinar, esta amplitud no se traduce en mejores condiciones económicas; sino que, en la práctica, deriva en sobrecarga de trabajo, pagos irregulares y una compensación que no guarda relación con el nivel de exigencia y responsabilidad asumido.
Esto es reflejo de un sistema que no logra retener ni reconocer adecuadamente a sus profesionales, en el que se ven afectadas tanto las condiciones del arquitecto como los resultados de su trabajo, ya que cuando este opera bajo presión económica, asumiendo múltiples funciones y con recursos limitados, se resienten la calidad del diseño, la innovación y la atención al detalle, con consecuencias que finalmente repercuten en la sociedad.
En ese sentido, la arquitectura dominicana enfrenta un desafío estructural que no puede seguir postergándose. La subvaloración del arquitecto no es solo un problema individual, sino el reflejo de un sistema que aún no reconoce plenamente el alcance de esta disciplina.
Un país que no valora a sus arquitectos no solo pierde talento, sino que también compromete la calidad de los espacios que habitamos.


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