El país crece, pero sin fortalecer su musculatura fiscal (OPINION)
En condiciones normales, incluso en países con baja presión tributaria, los ingresos fiscales crecen al menos al ritmo del PIB nominal —es decir, el PIB real más la inflación— y con frecuencia por encima de este, gracias al efecto inflacionario sobre los impuestos indirectos y al dinamismo del consumo.
Eso fue precisamente lo que ocurrió en la República Dominicana durante los años 2021, 2022, 2023 y 2024. Cuando esa relación se rompe, no estamos ante un simple problema de calendario o de eficiencia administrativa: es una señal de debilidad estructural del Estado.
En el 2025, los datos fiscales de la Dirección General de Presupuesto muestran que los ingresos fiscales apenas crecieron 1.5%; esto en un contexto en el que el crecimiento nominal fue 7.05% (crecimiento real, 2.1%; la inflación 4.95%). La economia dominicana crecio casi 5 veces mas que los ingresos fiscales. Este resultado transmite un mensaje inquietante: el Estado se está quedando atrás respecto a la economía que gobierna. Y el significado de esta situación es profundamente político.
Lo ocurrido en 2025 indica que el crecimiento nominal de la economía no se está traduciendo en capacidad pública. El país crece, pero sin fortalecer su musculatura fiscal. El Estado no logra apropiarse del resultado del crecimiento a través de las recaudaciones, lo que agrava su debilidad estructural. En estas condiciones, el gobierno dispone de menos margen para financiar políticas públicas, inversión y servicios esenciales. Se gobierna con menos instrumentos y con mayor vulnerabilidad.
El desacople entre recaudación y desempeño económico, que probablemente responde a una combinación peligrosa de factores bien conocidos: persistente informalidad, erosión de la base imponible, proliferación de exenciones y un modelo productivo que genera poco empleo formal y baja tributación efectiva, resulta muy preocupante. El resultado es una economía que avanza, pero lo hace por caminos que no alimentan al fisco. Y eso tiene que ser tomado muy en serio por las autoridades.
Este comportamiento permite, además, plantear que el crecimiento dominicano es de baja calidad. No porque no exista, sino porque no crea Estado. Y cuando el crecimiento no crea Estado, tampoco crea sostenibilidad. No garantiza inversión pública suficiente, no fortalece la protección social y no reduce las tensiones distributivas; por el contrario, las posterga y las acumula.
Los resultados fiscales de 2025 desmienten la idea de que el crecimiento económico por sí solo resolvería los problemas fiscales, o de que bastaba con “administrar mejor” para evitar reformas estructurales. La evidencia apunta en otra dirección. Si la economía crece más que los ingresos públicos, el problema deja de ser técnico y pasa a ser político. Se gobierna con una caja fiscal que no acompaña las expectativas sociales ni las necesidades del país.
Si este patrón se mantuviera en el tiempo, la capacidad del Estado para responder a choques externos se reduciría aún más. Con ingresos estancados, cualquier desaceleración adicional, emergencia social o presión internacional encontrará a un Estado con escaso espacio fiscal. La gobernabilidad se vuelve, inevitablemente, más frágil.
A esta fragilidad se suma una consecuencia igualmente inevitable: la creciente dependencia del endeudamiento. Cuando los ingresos no crecen al ritmo de la economía, el déficit no desaparece; simplemente se financia con deuda. El problema es que ese endeudamiento no se destina principalmente a inversión transformadora, sino a cubrir gasto corriente, intereses y compromisos heredados.
Se genera así un círculo vicioso: más deuda implica más pagos por intereses, y más intereses reducen aún más el espacio fiscal futuro. Políticamente, el país se acostumbra a gobernar “a crédito”, trasladando costos a gobiernos venideros y reduciendo la soberanía de la política económica. Gobernar a credito termina siendo una forma silenciosa de renunciar al futuro.
La conclusión no es cómoda, pero sí necesaria: el modelo fiscal actual está llegando a su límite. No se trata solo de cuánto crece la economía, sino de qué tipo de economía está creciendo y para quién. Un crecimiento que no fortalece al Estado termina debilitando la política, porque amplía la distancia entre las demandas sociales y la capacidad real de atenderlas.
Cuando la economía crece más que los ingresos públicos, avanzamos hacia una paradoja peligrosa: más actividad, pero menos poder público para gobernar. Y esa, más que una cifra, es una advertencia.
jpm-am

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