Nuestro sistema político-social luce desesperanzador. Aun cuando pretenda disimularlo y se haga el desentendido, el Gobierno está, y lo sabe, tan acorralado que desatiende obligaciones. La ciudadanía está activada por una marea verde que reclama corrección de prácticas perjudiciales para buen desempeño gubernamental en beneficio ciudadano, como la corrupción e impunidad. Los partidos centran su atención en discutir normativas electorales, desenfocándose, al preferir debatirla bajo tutela del titular de un organismo gubernamental, en lugar del organismo congresional apoderado constitucionalmente.
El gobierno está acorralado por ataques provenientes de cuatro costados. (1) Inseguridad ciudadana incontenible, a pesar de proliferar planes, leyes y operativos que apenas duran lo que una cucaracha en gallinero; por desinterés, incompetencia o incumplimiento oficial de promesas (2) Corrupción e impunidad perpetuada, estigmatizadas en caso Odebrecht sin que falten otros escándalos que surgen semanalmente (CEA, CORDE, OISOE, MINERD, PROCOMPETENCIA, etc.) (3) Insalubridad tan extrema que gobiernos amigos han tenido que enviar unidades móviles a centros de importancia partiendo de la incapacidad por incompetencia del funcionariado encargado de resolver la disposición de basura quienes se han sometido, por confabulación o debilidad, a la empresa que contrataron para este fin, y (4) Presiones salariales acompañadas de protestas (maestros, médicos, policías y militares, etc) traducibles en mayores gastos que aumentarán desequilibrio fiscal y necesidades de financiamiento frente a un FMI que insiste “anclar” la deuda al nivel actual; amenazando, junto a incrementos salariales irracionalmente administrados, la estabilidad económica.
Otros dardos diagonales clavan al gobierno: taponamientos desesperantes que restan eficiencia y seguridad, pésimo servicio eléctrico subsanado con espejismos ilusos, reclamos de productores agropecuarios e industriales que abandonan zonas francas, etc.
Ante estas embestidas, el gobierno opta, como el avestruz, por el desentendimiento simulado. Pretende hacer creer a ciudadanos su despreocupación, aunque esté preocupado. Confía que así ganará tiempo suficiente para disipar presiones internacionales precipitantes de movilizaciones ciudadanas; al tiempo que cree, apuesta y fomenta, el agotamiento de la marea verde cuando éste se vea compelido a tomar decisiones de seguimiento en su accionar. En este retozo, descuida sus obligaciones esenciales.
Mientras, los partidos concentran su accionar, se entretienen, en si consensuan las normativas partidistas y electorales en el seno del organismo legislativo apoderado legalmente de ello; o si recurren al protectorado del funcionario gubernamental, no de una autoridad eclesiástica como se quiere hacer creer, encargado de presidir un organismo constitucionalmente facultado para concertar entre empresarios y trabajadores.
Restablecer esperanzas en nuestro sistema político-social requiere partidos enfocados en un accionar sintonizando con ciudadanía enfocada en temas sustanciales; para así emplazar al gobierno que cumpla las obligaciones estatuidas en nuestra Constitución y las leyes.

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