Referirme a que recuperemos la urbanidad en la sociedad actual, no se trata de pretender imponer normas rígidas o etiquetas obsoletas, ni de tratar de replicar ideologías retrógradas; sino más bien, es un llamado a asumir un compromiso ético y ciudadano para hacer resurgir la convivencia armoniosa tan necesaria en los diferentes ambientes de socialización ya sea físico o digital.
Y de este modo reconstruir relaciones auténticas y sólidas siendo mucho más civilizados, más allá de las complejidades, polarizaciones y desafíos de la cotidianidad. Ante un mundo fragmentado, que pone en primer relieve el individualismo; y que más allá de imprimir el verdadero valor a la dignidad humana, le confiere mayor espacio a lo banal y el placer, nos debe movilizar a regresar a esos buenos modales que sin máscaras ni poses nos humanizan.
Por ende, en esta sociedad hiperconectada pero emocionalmente aislada, el saludo genuino se convierte en un acto revolucionario: ya que reconoce la dignidad del otro, rompe la soledad invisible y restablece la conexión humana auténtica. Más que una cortesía, es una declaración de pertenencia, recordándonos que no estamos solos y que no somos robots. Este gesto simple recupera la alegría del amanecer, reivindicando la presencia del otro como fundamento de la felicidad.
En un mundo donde el capitalismo promete éxito, pero entrega agotamiento; pequeños gestos de consideración verdadera pueden ser la semilla de una vida más plena. Gestos en donde se involucre la escucha atenta sin el filtro de una pantalla. Muchas veces el recurrir a ver a las personas a través de una pantalla, se hace fácil olvidarse de que detrás hay una vida, una familia y una salud mental que cuidar. Se antepone el entretenimiento ajeno a la condición humana sin importar el costo.
Decidir pausar el ruido digital para escuchar de verdad, transforma un simple intercambio en un encuentro sagrado. Al apagar las pantallas y silenciar el impulso de reaccionar, defenderte o competir, estás diciendo: «tu existencia y tu historia importan en este preciso momento».
Es que volver a la urbanidad, es una forma de rebelión silenciosa contra un mundo que nos empuja a la prisa constante y al «sálvese quien pueda», “al dolor ajeno no quita sueño”. Por tanto, elegir la pausa para mirar a los ojos, dar las gracias o ceder el paso es, en esencia, recordar que el otro existe y que su dignidad importa. Es construir un oasis de humanidad en medio de la aridez que puede representar la automatización del día a día en cuanto a las relaciones personales.
Se requiere de gestos en donde se retome la sana disposición para comprender un punto de vista ajeno, sin tener que hacer uso de medios violentos para imponer tus propios criterios. Esto se logra mediante el impulso de acciones basadas en la comunicación no violenta, la empatía activa y la humildad intelectual; las cuales se convierten en verdaderos actos de resistencia cultural.
Estas acciones, aunque puedan parecer simples, desafían estructuras que valoran el poder sobre la comprensión, promoviendo relaciones más justas y humanas.
Volver a la urbanidad implica también, reconocer que como ciudadano respetar las leyes de tránsito no solo es cumplir con normas, sino también mostrar respeto hacia los demás. Cada señal ignorada o regla violada puede poner en riesgo la seguridad colectiva.
Retornar a los buenos modales significa reconocer que cada acción, influye en el bienestar ajeno. La vehemencia no debe confundirse con vulgaridad ni agresividad: mantener pasión y convicción sin perder el respeto es clave para debates edificantes.
Finalmente, la verdadera civilidad es una elección ética que trasciende la cortesía superficial, fundándose en empatía, humildad y responsabilidad. Rechaza el egoísmo y la banalidad del consumo para construir vínculos auténticos basados en el respeto mutuo.
Este modelo de convivencia, profundamente humano, es un retorno a lo esencial, que fortalece el tejido social al valorar la bondad, integridad y la conexión profunda sobre las apariencias y las relaciones líquidas. Como señala el filósofo Charles Taylor, la identidad se forma en comunidad, lo que subraya que la civilidad no es un gesto aislado, sino una práctica colectiva que da sentido a la vida en común.

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