El presidente Luis Abinader habría recapacitado e intervenido a tiempo para librar su gestión de algo que a todas luces apuntaba a una gran metedura de pata, por los impredecibles daños que le acarrearían al país en materia de la formación de los profesionales del futuro.
Hablamos del inoportuno y perturbador proyecto oficial de fusionar los ministerios de Educación y de Educación Superior, Ciencia y Tecnología (MESCYT), respectivamente, proyectando la desaparición de este último.
¿Quién habrá sido el autor o “asesor” de lo que para la comunidad educativa nacional y otros sectores importantes de la sociedad no era más que un tremendo disparate, porque no era otra cosa? Extrañaba a muchos la descabellada propuesta y la insistencia misma en fusionar los mencionados ministerios, a partir de los roles muy diferentes de ambas instituciones, especialmente del que se buscaba desaparecer, siendo el responsable de supervisar, evaluar y reglamentar las instituciones de educación superior para asegurar estándares de excelencia.
Antes de existir el MESCYT, a cualquier local le ponían un letrero y le denominaban” universidad”, aunque no dispusiera de laboratorios, de espacio físico ni de elementales requerimientos a toda institución responsable de formar buenos profesionales.

Además, si se quería simplificar la hipertrofiada burocracia estatal y evitar dispendio de recursos públicos ¿por qué desaparecer lo que funciona bien, pudiendo erradicar las nominillas de siempre en instituciones oficiales, así como juntar en un abarcador Ministerio de la Familia varios órganos ahora dispersos y sin sentido alguno, como los encargados de la mujer, de la juventud y de la niñez?.
Quizá para evitar nuevas críticas, pero era raro que Abinader -dado a rectificar ante errores- no procediera ante la fuerte oposición a la fusión del MESCYT y el MINERD expresada por la asociación de universidades del país, por la asociación de rectores y por pasados ministros de ambos órganos de educación, en distintos gobiernos, entre otros.
A mitad del periodo, y Luis con raíces en el sector educativo, sería errático cargar con ese fardo pesado. Y con el decreto que designa un nuevo ministro de Educación Superior envía una clara señal: La fusión no va. Lo mejor que podía pasar; seguir con el proyecto habría sido un disparate costoso, en lo educativo y en el aspecto político.
jpm-am


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