Hay lugares que no se caminan con los pies, sino con el alma. El malecón capitaleño es uno de esos genuinos ejemplos.
Imponente y espacioso, se abre como un paseo encantador donde Santo Domingo respira y olvida la prisa.

Eres una invitación que llama sin palabras.
Una voz de sal que dice: ven, y deja que el abrazo efusivo con las olas del Caribe te recuerde que estás vivo.
Mar fascinante, el tuyo no golpea: acaricia, insiste, seduce.
Rompe contra los arrecifes y se transforma en rocío, en esa humedad de tu incesante oleaje refrescante que moja el rostro y enciende la memoria.
Tu arboleda envidiable dibuja túneles de sombra sobre el asfalto.
Bajo cada cocotero hay una historia, una risa, una despedida que no se fue del todo.
Y es que eres espacio para el romance de corazones apasionados.
Allí se juran eternidades en voz baja, se perdonan silencios y el amor aprende a caminar al ritmo de la marea.
Eres belleza inconmensurable de una media isla seductora.

Maravilla de un terruño de hombres y mujeres privilegiados por una naturaleza prodiga con mar abierto, cielo sin prisa, gente que sabe quedarse.
Cuánto disfruto de tus encantos, frescor y belleza, auténtico regalo del Divino Creador que fascina al visitante.
Al dominicano lo vuelves niño y al extranjero, lo conviertes en testigo.
Y es que, en ti Malecón imponente, la Primada de América se abraza con su historia y heroísmo.
Eres costura entre el ayer de calles empedradas y el hoy de luminarias encantadoras.
Viva manifestación de una realidad hermosa en una media isla caribeña de pasiones que encantan y enloquecen, donde cada ola trae un susurro de los que caminaron antes y deja una promesa para los que vendrán.
Caminarte es entender que Santo Domingo no termina en imponentes moles de concreto armado y alborotadas calles de ardiente asfalto, saturadas por vehículos bulliciosos: finaliza donde el mar decide que empieza el infinito.


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En el malecón capitalino,también puedes ver los nidos que en sus orillas hacen las olas del mal.