La política, tema predominante en el círculo de las relaciones públicas, donde unos luchan por el opio del poder y del mando y la mayoría, porque les concedan pequeños privilegios, se ha convertido de una ciencia, en una guerra de guerrillas donde abunda la estratagema a fin de trepar y lograr el triunfo.
Cuando las necesidades fundamentales del individuo se encuentran satisfechas, todo fluye en una relación de convivencia pacífica, pero cuando lo que predomina son las multitudes dispersas y hambrientas, nace el germen de la insatisfacción personal y de la protesta.
Los ancianos y los niños, son los rostros que delatan o engrandecen a las naciones, el espejo refractario de la sociedad. Nuestras republiquetas, herencia del colonialismo portugués y español, no son ejemplos a seguir.
Deberíamos aprender de las democracias socialistas de Escandinavia. En tales estados del orden la escolaridad es de 12.6 años, el promedio de vida de 81.3 años.
Noruegos, suecos, finlandeses, islandeses, daneses, cuando llegan a la vejez no transitan por las calles en busca de limosnas o de un mendrugo de pan que yace en el vientre de un zafacón.
Nos sobran escuelas de beisbol y fútbol, pero nos faltan escuelas donde se aprenda a respetar el derecho del otro.
Padecemos de una tara genética que nos arrastra hacia la vanidad y el caudillismo, luego de tomado las riendas del poder.
La lucha encarnizada por mantenernos en el trono, no nos reivindica ni ante nuestras buenas acciones. Tal vez en la amapola de la floración hervaria, esparcida por los vientos de la vanidad, se encuentra el virus de la adicción al poder.
A medida que el planeta empequeñece a causa de la sobrepoblación mundial, la convivencia pacífica resulta un milagro.
Las republiquetas nuestras, dificultan el avance hacia una sociedad más justa, donde se respete la Declaración Universal de los Derechos Humanos y la Carta Magna de las Naciones y donde los rebaños de los oprimidos no deambulen por el planeta a causa de los estragos del hambre.
No podemos reclamar nuestros derechos de una forma civilizada, si no conocemos nuestros derechos. Mientras más ignorante, más incomunicado se encuentra el pueblo, más control y manipulación por parte de los que gobiernan.
Eh ahí la fórmula mágica de de una republiqueta tropical y la historia de un terrateniente embrutecido por la molicie que provoca el mullido lecho del poder.


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