República Dominicana resolvió su economía con una receta que ningún libro de texto recomienda: exportar gente. Y funcionó. Tan bien, que ya no sabemos vivir sin eso.
En 2025 las remesas pasarán los US$11,000 millones. Eso es más que todo lo que exportamos en zonas francas. Más que el turismo neto. Es el 10% del PIB entrando mes a mes, sin aranceles, sin licitaciones, sin depender de si llueve o si viene un huracán. Es dinero limpio que paga el colmado, la universidad, el inversor y la receta.
El Estado lo sabe. Por eso cada gobierno inaugura una oficina de atención a la diáspora, pero ninguna de retorno. Porque el negocio no es que vuelvan. Es que sigan mandando.
GOBERNAMOS CON EL DINERO DE FUERA
Con remesas se estabiliza el peso. Con remesas se mueve el consumo. Con remesas se financian las bancas, los dealers y los solares. El 38% de los hogares dominicanos recibe dinero del exterior. Quítalo y el país se tranca en 48 horas.

Eso crea una dependencia cómoda: ¿para qué subir salarios si la gente los completa con US$200 de su hijo en Nueva Jersey? ¿Para qué arreglar hospitales si el que se enferma grave lo mandan a buscar con una visa humanitaria? ¿Para qué generar empleo de calidad si el plan de vida de medio país es “que me pida mi hermano”?
CONVERTIMOS LA FUGA EN POLITICA DE ESTADO
No lo decimos así, pero lo ejecutamos así. No hay empleos, pero hay 47 consulados. No hay primer empleo, pero sí ferias de reunificación familiar. El “sueño dominicano” es irse. Y el Estado lo facilita: moderniza pasaportes, agiliza apostillas, firma acuerdos de migración circular. Todo menos un plan para que el talento se quede.
Vivir de los que se fueron nos dio dólares, pero nos quitó gente. Escuelas sin padres en las reuniones. Abuelos criando nietos por WhatsApp. Barrios enteros donde el 80% de los varones entre 18 y 35 años está fuera o haciendo fila para irse. Exportamos albañiles, enfermeras y programadores. Importamos tenis, iPhones y la idea de que el progreso queda a ocho horas de avión.
Las diásporas no son eternas. La primera generación manda el 15% de su sueldo. La segunda manda el 5%. La tercera manda un emoji el Día de las Madres. Cuando el vínculo se diluya, la factura llegará aquí. Y ese día no habrá presupuesto que aguante, porque nunca hicimos la transición: de vivir de los que se fueron, a vivir de lo que producimos.
Un país no puede tener como principal política social que su gente se vaya. No puede tener como principal política económica que otros países empleen a sus ciudadanos. Eso no es desarrollo. Es una prórroga.
República Dominicana se acostumbró a vivir de los que se fueron. El problema es que los que se fueron ya tienen hijos que no se sienten dominicanos. Y cuando ellos dejen de mandar, ¿de qué vamos a vivir?
La nostalgia no paga la luz. Las remesas sí, pero por cuánto tiempo más.


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