POR ANDREA TEANNI CUESTA
Es 26 de febrero, cerca del mediodía, escucho una voz infantil muy alegre que me saluda. Al voltear la cara veo a Rosa, una niña de nueve años, hija de padres haitianos, que vive en una casa en construcción en Santo Domingo. Me mira y sonríe, veo en su carita el dibujo de la bandera dominicana. La niña venía de celebrar las fiestas patrias en su escuela. Esta no conoce a Haití, canta el himno nacional, asiste a una iglesia y come comida dominicana. Escucha, merengue, bachata, reggaetón… Entonces, ¿qué será Rosa haitiana o dominicana?
No es el caso de Emé, que vino a la República Dominicana, luego del terremoto que destruyó a Haití en el 2010, quien en su discurso de motivación en su clase de Lengua Española trata de convencer a sus compatriotas de estar orgullosos de ser haitianos y reconocerse como tal. En su discurso repite: ¡Soy haitiana! ¡Esa es mi esencia! ¡Es lo que soy! Tampoco el de Mary, de origen haitiano, vivió en Suiza y vino a estudiar a la República Dominicana.
Pero Jaime de padres dominicanos, nacido y criado en Estados Unidos, viene a exponer su tesis doctoral en una universidad dominicana, muy orgulloso de sus raíces, agradecido de la oportunidad, todo elogios para los dominicanos se refiera a los Estados Unidos, como mi país. ¡Claro! Se crió en esa cultura.
Además, están los que se van ya adultos que se desenvuelven entre su cultura y la ajena, aquellos que Robert Ezra Park (1928) denominó: el hombre marginal por vivir al margen de dos culturas (Merejo 2017), pero que hoy la virtualidad los acerca a la propia. Estos, que denuncian los males de su República Dominicana a través de las redes sociales, ya sea por un interés genuino hacia lo suyo o porque de esta manera se justifican por vivir con el desarraigo, en una cultura que los discrimina y castra su capacidad intelectual y el sosiego espiritual.
Y los que permanecen en el suelo patrio, divididos en cuatro grupos; los que con sus acciones luchan por forjar un mejor futuro para su país; los que a diferencia de estos, su discurso no se corresponde con sus acciones, pues con estas, niegan los valores patrios; los que solo se ratifican por medio del rechazo a los otros, haitianos, venezolanos, chino… Y por último, los indiferentes que viven en su burbuja de consumismo y evasión, convencidos de que nada cambiará y no vale la pena ni soñar con un mejor país, ni luchar por ello.
Entonces, cabe preguntar ¿Quién es verdaderamente dominicano?
Matos Moquete (2005) dice en su ensayo Soy dominicano, pero no soy así: Es dominicano quien es capaz de decir soy dominicano. La nacionalidad es un rasgo espiritual que no se estampa ni en un documento de identidad, ni en un vínculo sanguíneo, ni en huellas del suelo alargadas sobre el terruño del nacer, del vivir y del morir.
En fin, el Estado Dominicano debe definir y aclarar sus leyes migratorias, pues la migración no parará mientras haya hambre, exclusión, guerra, injusticia e intolerancia. Debe obligar al empresariado a cumplir las leyes laborales. Dar un mejor manejo a la frontera y castigar a los traficantes y corruptos. Y dejar que cada ser humano decida lo que quiere ser y el resultante de su cultura
JPM


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