Desde muchos meses antes de mayo del 2016, mes en que se celebraron las elecciones nacionales en las que el presidente Danilo Medina salió reelecto con un 62% de los votos emitidos, el principal partido de oposición, el Revolucionario Moderno, tenía como meta principal desacreditar a la entidad organizadora de la contienda.
Fue una labor que no le dio resultados, y el certamen se llevó a cabo con todas las previsiones requeridas, incluyendo cientos de observadores internacionales; los resultados fueron los previstos por docenas de encuestadoras y por la percepción pública; el PLD y sus aliados se alzaron con una victoria demoledora ante los sectores opositores.
Pero aquello que parecía tan claro a los ojos del país y de los observadores acreditados, no lo era para el principal candidato opositor, el Sr. Luis Abinader; con una diferencia de más de 15 puntos porcentuales, que lo distanciaban del Presidente reelecto, este Señor decidió encabezar las huestes anárquicas, que propugnaban por un caos general en La Nación.
Y en sus afanes, se tiraron a sembrar caos y desorden en muchas Juntas Electorales Municipales; recordamos dos casos simbólicos de esos actos, lo ocurrido en la Junta del municipio de San Cristóbal, y la batalla campal, que duró meses en el municipio de Santo Domingo Este.
En ninguna parte del país lograron sus objetivos; ni el desorden que buscaban, ni ganancia política; lo único que logro el Sr. Abinader con estos movimientos, fue perder la confianza de los sectores inversionistas, actores comerciales y de producción de la sociedad dominicana.
Ahora observamos con cuidado, como aquellos opositores de barricada, se trazan líneas para crear otro ambiente de incertidumbre que ponga en vilo a la República; buscando mediante la violencia y el desorden los objetivos que les han negado las masas de electores, con los mecanismos democráticos que les permite la Constitución dominicana.
Cuando la anarquía y el terrorismo se convierten en herramientas de lucha política, es porque esos actores se ven imposibilitados de alcanzar el poder político con respaldo de las masas populares; huérfanos de ese apoyo se desesperan y en su desorientación, recurren a jugarse su propia existencia frente al poder del Estado.
Nos preguntamos: ¿Estará tan frustrada la oposición dominicana, que no puede ver un camino para la coexistencia democrática?
¿Será que su miedo es tan grande, que le es imposible esperar la justa democrática del 2020?


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