He cambiado de estrategia y al parecer no ha sido una idea descabellada. Me he lanzado a las calles de Santo Domingo en busca de depósitos de libros usados, para bucear entre ellos con la esperanza de encontrar la piedra filosofal de nuestras letras y la sorpresa ha sido gratificante, pues en esos lugares hay más novedades de la literatura dominicana que en los establecimientos convencionales. Una explicación puede ser que en República Dominicana los libros apenas circulan. No existe un sistema para dar a conocer la literatura y sus autores al nivel nacional. A esto se suma que no hay mucha comunicación intelectual entre la capital y lo que acá llaman, a veces despectivamente, el interior del país. Tampoco es un secreto que aquí los escritores publican con mucho sacrificio; hay historial de varios intentos de proyectos editoriales locales que comenzaron con buen pie y perspectivas profesionales, pero al final se convirtieron en empresas personalistas que ven a los pobres autores como parte de una clientela a la que le venden servicios de edición, corrección, impresión y distribución. Eso hace que los escribidores se desalienten y se agoten física y económicamente después de ver publicadas sus obras. Al final gana el desencanto y los libros caen en desgracia; aunque muchas de esas publicaciones de autogestión merecen caer en desgracia por falta de rigor y calidad, y por el descuido de los mercaderes de servicios editoriales que no hacen bien lo que ofertan en un mercado ciego del que se aprovechan muy bien los tuertos. Esas circunstancias, que no son únicas de República Dominicana, pero igual lo afectan de manera contundente por ser este un país pequeño y de pocas vitrinas para el éxito literario, me han llevado a las profundidades de un océano de hojas en el que las polillas y otros parásitos enemigos de los libros compiten por los espacios orgánicos de la literatura, y que en algunos casos pueden hasta cambiar el rumbo a las historias escritas por autores que ya no existen. En ese sentido no me sorprendería dar en algún momento con un Quijote sin Sancho Panza, porque al Sancho de ese ejemplar se lo hayan comido los diminutos monstruos que habitan la fauna de aquellas páginas polvorientas. Sin embargo, hasta ahora los buenos libros dominicanos que he logrado salvar de las fosas comunes están completos, aunque no niego que unos cuantos se encuentran en cuarentena en un estante especial que he colocado al lado de los más saludables. Poco a poco los libros enfermos van recobrando vida, porque a estos solo les basta el contacto con un lector verdadero para que las ideas reverberen y vuelvan a ser tan frescas como el día en que fueron publicados. Así es como una edición de hace cincuenta o sesenta años se convierte en novedad sin dejar de ser una reliquia. También aparecen publicaciones recientes que no merecen el infortunio por ser de firmas reconocidas o por el alto nivel de su contenido. En verdad, los libros no tienen la culpa de sus destinos. En el caso de la literatura dominicana, la mayoría de las obras que he encontrado son primeras ediciones amarillentas que no circularon ni circulan por falta de apoyo, por no contar con buena distribución y un sistema que valore más a sus escritores buenos, que suelen ser los menos visibles. Por supuesto, no voy a revelar mis tesoros encontrados, para curiosidad de algunos, porque la idea misma de “tesoro” es muy subjetiva y responde a esas misteriosas emociones que son la “esencia ideal del pensamiento”, como diría el inigualable Pedro Henríquez Ureña. Además son mis armas secretas, muy útiles en sociedades como la dominicana, donde el tuerto si no logra sentirse rey, por lo menos intenta aparentarlo.
Piedra filosofal de letras dominicanas
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