Aunque se presentó aquí hace más de 40 años, “Proceso por la sombra de un burro” es el montaje teatral que mejor retrata a la sociedad dominicana de ayer y de hoy, envuelta en una madeja de intereses, la mayoría de los cuales pregonan legalidad e institucionalidad, pero manejan una agenda oculta contraria a esos valores.
Esa obra, de Friedrich Durrenmatt, ambientada en la Grecia Clásica, narra el proceso judicial entablado por un dentista y un asnero a causa de la sombra de un burro. Se entabla una discusión por el disfrute o no de la sombra que en el desierto proyecta el animal que había sido rentado por el odontólogo.
El dentista reclamó el derecho a cobijarse a la sombra del burro, mientras el dueño del animal exige un pago adicional por conceder ese disfrute, con lo que la litis llegó a los tribunales, desbordó el debate político, fue motivo de sedición y todo terminó con el incendio y destrucción de la ciudad de Abdera.
En ningún modo pretendo comparar lo que sucede hoy con la historia que recrea esa obra, de hace más de dos mil 500 años, pero sí su similitud en el comportamiento impropio que exhiben sectores económicos y políticos cuando sus burdos intereses corren peligro.
El pleito por la sombra de un burro adquiere implicaciones filosóficas, teológicas, políticas, económicas y sociales que desembocan en una crisis de tal magnitud que las partes confrontadas contratan a un mismo terrorista, el pirata Tifus, para incendiarse mutuamente sus respectivos santuarios, lo que arropó en llamas a toda la ciudad.
Igual que esa historia del siglo V antes de nuestra era, aquí una intermediación politiquera y de funestos intereses económicos, pretende regentear el justo reclamo popular de que se garantice sana administración de justicia ante todos los casos de prevaricación.
Con excepción de Panamá, las economías de todos los países mencionados en los sobornos de Odebrecht están en recesión y algunos padecen los efectos de severas crisis políticas y sociales, contrario a República Dominicana que lleva más de diez años con un crecimiento del PIB por encima del 6%.
El ciudadano ordinario reclama, anhela, desea que todos los implicados en ese escándalo vayan a parar con sus huesos a la cárcel, pero una burda intermediación política y económica desea que el país arda por los cuatro costados, lo mismo que la ciudadela de Grecia.
Cuando Abdera fue reducida totalmente a cenizas y el pueblo sumido en la más abyecta miseria, entonces los mismos sectores poderosos que atizaron la sedición, desataron una campaña mediática para culpar al burro por todo lo sucedido y reclamar su ejecución.
Ojalá que al pueblo dominicano no le ocurra lo del burro de la historia, que antes de su ejecución pudo hablar para preguntar: ¿fui yo realmente el burro de esta historia?

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