En nuestra América hay historias que no nacieron para explicar el pasado, sino para lisonjear a los vencedores. A través de sus relatos, nos enseñaron a repetir que los habitantes originarios de estas tierras entregaban sus tesoros a cambio de insignificantes objetos infantiles, reduciéndolos a la condición de seres ingenuos para hacer más tolerable la desmesura del despojo.
Chile y la República Dominicana, dos geografías tan distantes por miles de leguas marinas, comparten esta misma cicatriz anecdótica.
En el Caribe, el cacique Guacanagarix quedó inmortalizado cambiando piezas de oro por espejos y cascabeles en las playas de Santo Domingo. En el confín austral, donde Chile se deshilacha en los canales fueguinos, el joven yagán Orundellico pasó a la historia como Jemmy Button, supuestamente vendido por un botón de madreperla. Ambos relatos comparten la misma manufactura y demuestran que, más allá de la distancia, América es un solo cuerpo atravesado por las mismas distorsiones históricas.
Corría 1492 cuando las carabelas llegaron a La Española. En su Diario de a bordo, Cristóbal Colón registró con asombro cómo los taínos entregaban piezas de oro a cambio de latón y cuentas de vidrio. Pero para la cosmovisión de Guacanagarix, el metal precioso no poseía la voracidad mercantilista de los recién llegados.

El cacique no actuó desde la ingenuidad, sino desde la estrategia política frente a sus rivales locales. La historiografía colonial, sin embargo, prefirió transformar esa diplomacia en una fábula sobre niños deslumbrados por chucherías.
Casi tres siglos y medio después, en 1830, el capitán Robert FitzRoy subió a bordo del HMS Beagle a un adolescente yagán. En sus memorias (Narrative of the Surveying Voyages), FitzRoy consagró la versión popular de que el joven fue intercambiado por una baratija. Detrás del mito se ocultaba un secuestro victoriano para «civilizarlo» en Inglaterra.
Años más tarde, Charles Darwin registraría en el diario de su famoso viaje cómo Orundellico -aquel joven originario de Tierra del Fuego-, al ser devuelto a los mares del sur, se despojó de los trajes y la lengua impuesta para volver a su raíz, demostrando que la dignidad no se vende por un simple botón.
La caricatura del indígena candoroso sirvió tanto en el Caribe como en la Patagonia para anestesiar la memoria, haciendo parecer que el conquistador no despojaba, sino que comerciaba con quienes no sabían valorar lo suyo.
Hoy, desde el último acantilado donde se acaba la tierra y al poner frente a frente la playa caribeña y el canal helado, descubrimos que nuestras historias, aunque separadas por la geografía, son tan semejantes que nos vinculan indisolublemente. Desmontar el mito del espejo y del botón es el primer paso para reconocernos en una sola América y devolverle a nuestro pasado la dignidad que siempre le ha pertenecido.


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