Hay quienes piensan, de manera equivocada, que el poder lo posee una persona. Sin embargo, cuando observamos la historia universal, nos damos cuenta de que el poder es un ser extraño que posee a los individuos y hace todo lo que está a su alcance para perpetuarse, porque su fin último siempre es el mismo: conservarse.
Trujillo retuvo la batuta del mando por más de 30 años; luego, Joaquín Balaguer, por 22. La respuesta es sencilla: los símbolos del poder los acompañaban. Este fenómeno, que hizo posible la permanencia en el cargo de estas personalidades, es avasallante; se impone, no conoce contemplaciones. Obnubila a aquellos que se sientan en la silla que lleva incrustado el escudo nacional.
Desde los tiempos de Maquiavelo hasta nuestros días, se manifiesta de la misma forma: el príncipe busca influir en cómo piensa su pueblo; luego, cuando ese recurso se agota y el amor acaba, entonces procede a ejercer el miedo.
Kenneth Galbraith se refirió, en su obra cumbre Anatomía del poder, a las tres maneras en las que este se aplica: poder compensatorio, condicional y coercitivo. En las relaciones internacionales se habla de poder blando (soft power) y poder duro (hard power).
En la era de los regímenes autoritarios de esta media isla, se intentaba persuadir a las masas por medio de la cultura o las ideas (poder blando); cuando ya no era rentable, pasaban a las represiones (poder duro).
Pero ¿cómo se vence el poder? En aquellos días álgidos que caracterizaron el siglo XX, surgieron liderazgos como los de Juan Bosch o Peña Gómez, que se atrevieron a desafiar el poder, no con discursos flexibles ni pretendiendo ser amigables con él, sino más bien aprovechando las circunstancias. De esa manera, las masas se sentían identificadas y se desbordaban ante las convocatorias de aquellos líderes.
La respuesta la encontramos en Marx, cuando hablaba de que los grandes cambios o revoluciones surgen cuando las condiciones materiales están maduras. La Biblia, de igual forma, plantea que la gloria solo la arrebatan los valientes.
En este país antillano, los hechos demuestran que, por ejemplo, se le puede dar al pueblo 14 horas diarias de apagones, pero una vez es restablecida la energía eléctrica, la gente olvida el intenso calor. Así sucede en las elecciones: cuando el liderazgo opositor es amigable con el poder y no aprovecha las condiciones materiales, en los días de las elecciones el poder se muestra afable, solidario y condescendiente, haciendo que la gente olvide todas las falencias de esa administración y acuda a votar por quien tiene a su lado los símbolos del poder.
El “ninguno” en las encuestas se conquista abrazando las causas sociales, defendiendo al pueblo de las alzas, como las de los combustibles, los alimentos y la electricidad. En fin, no creo que al poder se le venza con discursos flexibles, es conectando con el malestar social; ¡es en las calles!


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