La industria funeral, a cambio de enriquecerse, no disimula en su febril empeño de conspirar contra la dignidad humana. Lo prueba la calidad o diferencia de precios en cuanto a procedimientos funerales se refiere.
Se venden ataúdes de cartón, de madera, de oro. Nos burlamos del fenómeno más natural y relevante de la especie, que nos alerta a una igualdad irreprochable, donde no existen los privilegios.
Tratamos inútilmente de jerarquizar a la muerte de acuerdo al rango del fallecido, de convertir al regalo más preciado de todos, en espectáculo público.
El morbo aflora, los gestos dramáticos, mientras en la energía del difunto, en busca de liberarse del cuerpo, reina la indiferencia.
Los mercaderes saben cómo vender sus mejores productos, venden la verdadera liberación, el verdadero encuentro con las estrellas, a precio inalcanzable por la mayoría empobrecida.
Si el estado asume la responsabilidad de administrar los bienes de sus súbditos, el bien de la muerte debe ser responsabilidad suya en cuanto a gastos se refiere.
No sabemos qué ocurre en el más allá, no hemos superado las fronteras de la especulación.
Pareciera, de acuerdo a los escasos testimonios, que no existe el sufrimiento, ni el descalabro, ni las molestias que la convivencia terrestre ocasiona.
Las tradiciones funerales cambian de una región a otra. En nuestra cultura occidental te venden la muerte por teléfono estando vivo.
Se trata de una especie de hedonismo lujurioso, que aquel que más gasta, más valor posee, más encarecido resultan sus funerales, más privilegios le confiere el gusano de la inmortalidad.
Los mercaderes y el estado que lo permite, son los causantes de tal miseria espiritual.
¿Cuál es la diferencia de un cadáver expuesto a las ciencias médicas para su estudio, y de otro, expuesto al morbo de la publicidad?
Que el uno cumple una función científica y el otro resulta un gasto innecesario.
Especulamos con la muerte de Jesús Cristo. Además del madero, los clavos, sus enemigos, existía una energía superior en su calvario, desprovista de todo lujo y vanidad.
Hasta nuestros días, su permanencia no ha cedido ante el más desafiante de los fenómenos: el recalcitrante olvido.
Además de ignorar el ejemplo de Cristo, arrastrados por el vicio de la vanidad, ayudamos a la riqueza de los mercaderes.
Si la muerte no hubiera existido, los mercaderes la hubieran inventado para especular con ella.
Los mercaderes no se detienen, decapitan un árbol de Navidad y lo venden. Los precios se han elevado a 1,000 dólares.
No piensan en el daño que al ambiente provocan. No es de alarmarse, acaso no venden hasta la paz de los sepulcros.
jpm


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