Mantenemos a las familias que el Estado no mantiene (OPINION)

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El autor es periodista, jefe de redacción de ALMOMENTO.NET. Reside en Nueva York.

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Hay una frase que se repite en cada barrio, en cada colmado, en cada sala de espera de un hospital público y que nadie ha querido convertir en política pública: nosotros estamos manteniendo con nuestro bolsillo a la familia que el Estado se negó a mantener.

Lo hacemos todos. Lo hace la madre soltera que trabaja doce horas en una banca y aún así tiene que pagar el colegio privado de sus hijos porque la escuela pública no tiene cupo, no tiene maestros o simplemente no enseña. Lo hace el hijo que recibe 300 dólares de Boston o de Madrid para pagar la receta de la presión alta de su madre porque el seguro no la cubre y en el hospital no hay pastillas. Lo hace el padre divorciado que cada mes deposita una manutención que en la práctica se convierte en el único ministerio de asistencia social que conocen sus hijos.

Hemos normalizado lo anormal.

EL ESTADO AUSENTE Y LA FAMILIA COMO MINISTERIO

En la República Dominicana el Estado ha delegado sus responsabilidades más básicas en la familia. No hay un sistema de cuidado para envejecientes, así que la hija tiene que dejar el trabajo para cuidar a su padre con Alzheimer. No hay estancias infantiles suficientes, así que la abuela cría mientras la madre busca el sustento. No hay seguro de desempleo real, así que cuando un joven pierde el trabajo, vuelve a la casa de sus padres a los 30 años, no por comodidad, sino por supervivencia.

Las estadísticas lo maquillan, pero la realidad es brutal: el presupuesto familiar dominicano funciona como un estado de bienestar improvisado. Según el Banco Central, más de 10 mil millones de dólares al año llegan en remesas. ¿Qué es eso sino el impuesto que pagamos nosotros mismos para cubrir el hueco que deja el Estado? Cada transferencia por Caribe Express es una declaración de fracaso estatal.

El autor es periodista, jefe de redacción de ALMOMENTO.NET. Reside en Nueva York.

Mantenemos a nuestros viejos porque no hay pensión digna. Mantenemos a nuestros enfermos porque el sistema de salud es un peaje. Mantenemos a nuestros niños porque la educación pública, salvo honrosas excepciones, no compite.

EL DOBLE CASTIGO

Y aquí está la gran estafa moral: pagamos dos veces. Pagamos impuestos — ITBIS del 18% hasta por un pan, anticipos, IPI, marbete — para que, en teoría, el Estado mantenga a los más vulnerables. Pero como ese dinero se diluye en nóminas abultadas, en botellas, en sobreprecios y en préstamos que nunca llegan al barrio, terminamos pagando de nuevo, de nuestro propio bolsillo, lo que ya pagamos.

El dominicano de clase media y de clase baja trabajadora vive bajo un doble tributo. El tributo formal al fisco y el tributo informal a su familia. Por eso nunca alcanza. Por eso el salario se va el día 15. Porque con un sueldo no se mantiene una casa, se mantiene una red completa de personas que el sistema dejó caer.

¿Qué padre puede ahorrar para su retiro si está pagando la universidad privada de su hijo, la diálisis de su madre y el alquiler de su hermana divorciada? Ninguno. Y luego nos sorprendemos de por qué nadie tiene pensión.

LA MANUTENCIÓN COMO SÍMBOLO DEL FRACASO

El caso más doloroso es el de la manutención infantil. El Código y los tribunales han tenido que hacer lo que el Estado no hace: obligar por la fuerza a un padre a cumplir con lo que debería ser una responsabilidad compartida y subsidiada.

En un país con un verdadero sistema de protección infantil, una madre soltera no dependería al 100% de si el padre depositó o no. Habría un fondo de garantía, un subsidio temporal, comedores escolares que funcionen, transporte escolar gratuito. En República Dominicana no. Allá si el padre no paga, el niño no come. Así de simple. Así de cruel.

Hemos judicializado la supervivencia. Convertimos a los fiscales y a los jueces de familia en trabajadores sociales porque no hay trabajadores sociales.

HAY QUE ROMPER EL CÍRCULO

No podemos seguir romantizando eso de que «la familia dominicana es muy unida». No es solo unión, es obligación forzada por el abandono. Somos unidos porque si no nos ayudamos entre nosotros, nos morimos. Esa no es una virtud cultural, es una estrategia de resistencia ante un Estado indolente.

Un país serio no le pide a sus ciudadanos que sean héroes todos los días. Un país serio construye guarderías para que la madre pueda trabajar tranquila. Garantiza medicamentos de alto costo para que el hijo no tenga que elegir entre la insulina de su padre y la leche de su hijo. Crea un fondo de desempleo para que un despido no sea una sentencia de volver a vivir hacinado.

Mientras eso no ocurra, seguiremos con esta economía de la culpa, donde el que se va a Nueva York carga en su espalda a cinco, y el que se queda en Santiago carga a otros cinco, y todos estamos agotados, endeudados y con la sensación de que trabajamos mucho para nunca salir del mismo sitio.

Porque al final, la pregunta no es cuánto le mandas a tu familia. La pregunta es: ¿hasta cuándo tendremos que seguir haciendo el trabajo que le toca al Estado?

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