Los últimos acontecimientos en el ámbito político nos dicen que los partidos políticos dominicanos, sin ninguna excepción, han ido cayendo en la retaguardia de los cambios políticos en vez de asumir la posición de vanguardia que le corresponde jugar ante una sociedad que pide cambios a gritos de todo pulmón.
La vieja y obsoleta posición de repartirse las instituciones del estado que garantizan justicia y transparencia en la vida pública y social del país ya no satisface las aspiraciones de una sociedad que quiere más transparencia, más institucionalidad.
La democracia dominicana desde el inicio de su último ciclo en el 1978 ha venido evolucionando a pasos lentos debido a lo frágil que siempre fue ante la vigorosidad de los sectores conservadores y antidemocráticos que siempre estuvieron al acecho para cercenarla y destruirla.
Pero hoy el escenario ha cambiado y tenemos una sociedad con un mayor nivel de conciencia democrática que apuesta a que esta se ponga a la altura del crecimiento económico vertiginoso que hemos tenido en las últimas décadas.
Es cierto que la partidocracia le ha prestado un gran servicio al país al asumir sobre sus hombros la transición desde el autoritarismo Trujillista-Balaguerista de inicios y mediados del siglo pasado hasta el sistema democrático de derecho que tenemos hoy.
Lo que no se concibe es que esos mismos partidos políticos que plantearon y asumieron la democracia en los años más difíciles del siglo pasado sean los mismos que ahora se resisten a ceder espacio a la institucionalidad con transparencia que reclaman amplios sectores de la vida nacional.
Resulta inaceptable que sea un político de este siglo el que desde el poder esté planteando la independencia de las instituciones que tienen que ver con la justicia y la transparencia, mientras que los más experimentados líderes del siglo pasado apuesten a la repartidera y la representación en órganos vitales para la justicia y la transparencia.
Los partidos políticos y sus líderes deben interpretar el nuevo escenario y la nueva realidad y apostar a más y mejor justicia y transparencia, para lo cual las instituciones responsables de esas tareas deben estar en manos de personas que no sean parte de los partidos de donde surgen los funcionarios que administran las diferentes instituciones del estado.
La democracia dominicana le estaría eternamente agradecida por esa nueva actitud, pero de no ocurrir así corren el riesgo de quedarse atrás, o ser parte de la retaguardia política, en vez de seguir siendo la vanguardia que conduce la democracia hacia el camino del desarrollo pleno del país.
JPM


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