Durante varios años adopté por costumbre iniciar mis clases universitarias mostrando a mis alumnos una hoja en blanco tamaño carta. Luego, a la vista de todos, insertaba en el centro de la hoja un punto de color rojo. Posteriormente, preguntaba a cada alumno lo que veía, al tiempo de exponer la hoja.
Casi siempre obtuve la misma respuesta: “Un punto rojo”. Muy pocos fueron los capaces de contestar de manera correcta, aunque la esta respuesta solo requería de una mirada objetiva. Esperaba que se me dijera: Se trata de una hoja color blanco, tamaño carta, con un punto rojo en su centro.
Con la vida profesional de la Magistrada Awilda Reyes Beltré se invitó a mirar tan solo el punto rojo, sin que se ofreciera la oportunidad de ver el todo y describir lo que se veía.
Yo quiero hoy tomarme esa libertad y describir el todo, mirando desde afuera y de manera objetiva. Inicio, señalando que no conozco como persona ni he tratado a la Magistrada Awilda Reyes Beltré. De manera, que de mi parte no existe ningún conflicto de interés.
Cabe aclarar, que en mi ejercicio profesional como abogado asistí al Tribunal que ella presidía en ocasión del conocimiento de un caso en que me desempeñaba como defensa técnica de los imputados. Apenas bastaron dos audiencias para que ella tomara una decisión sobre el caso, acogiendo un incidente de inadmisibilidad que presentamos los abogados de la defensa.
Pero bastaron esas dos audiencias para que apreciara que se trata de una mujer con una sólida formación profesional, que domina plenamente el proceso penal y era capaz de dirigir los casos puestos a su cargo con seguridad, equilibrio y evidente imparcialidad.
Puedo afirmar, incluso, que solo en ella he visto poner en práctica lo que es una costumbre en los tribunales norteamericanos. Esto es, que ante discusiones acaloradas entre los abogados, el juez les pide acercarse y con voz suave, solo audible para ellos, los llama amablemente al orden y la cordura, recordándoles que ellos no son parte del proceso, sino únicamente representantes de las partes.
Otro detalle observado en esta juez, es que se manejaba con ostensible diligencia ante los casos que trataba y dedicaba a su estudio muchas de sus horas de asueto.
Particularmente, ignoro las interioridades del caso que ha dado al traste con su carrera judicial. Pero escuchando las declaraciones de los familiares de la víctima, es evidente que ella hizo todo lo que estaba a su alcance para provocar que los abogados querellantes la recusaran y de ese modo deshacerse de la encomienda que le hicieron de levantar las medidas de coerción establecidas contra el acusado, pero ellos no actuaron.
Cabría preguntarse si hubo coincidencia casual entre lo que se le exigió y su criterio sobre el caso. A mí me parece que no la hubo, porque la forma tan parcializada en que se comportó, a decir de los familiares de la víctima, es muy distante de su conducta habitual y eso solo puede interpretarse como una provocación para que los abogados la recusaran.
Es una pena que una abogada tan brillante y joven, con un comportamiento, hasta ese momento, irreprochable en su calidad de juez, vea cercenada su esperanzadora carrera judicial. Solo un punto rojo en una hoja blanca ha sido suficiente, sin que se tomara en cuenta la presión superior que obligó a la conducta reprobable. Solo un punto rojo ha tenido más fuerza que los miles de puntos blancos que lo rodean.
Al parecer, lo más censurable ha sido que junto al pedido de la decisión se entregó una suma de dinero que la jueza tomó porque no podía hacer otra cosa, pero que cuidó conservarlo tal como le fue entregado, por encima de cualquier necesidad personal que la tentara a darle uso.
Lo curioso es que otros jueces han adoptado abiertamente posiciones cuestionadas por la sociedad, ignorándose si por las mismas u otras motivaciones, y no se ha hecho nada, fuera de argumentar el respeto a la independencia de los jueces.
¿Es realmente la jueza Awilda Reyes Beltré culpable de lo que se le acusa, o es una simple víctima de su ingenuidad?


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