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Cuando la directora gerente del Fondo Monetario Internacional señora Cristina Lagarde dijo, citamos: “Los ancianos viven demasiado y eso es un riesgo para la economía global. Tenemos que hacer algo, y ¡YA!” La mayoría pusimos el grito al cielo y lo menos que se le catalogó fue de monstruosa. Esta aseveración no fue hecha por una legisladora cualquiera de una provincia fronteriza en un país del tercer mundo. No, quien la hizo, es una persona con cuatro títulos universitarios, además de política, es economista y abogada, con una maestría en economía, con prácticas en Francia y en los Estados Unidos de América. Ella recoge los números de un estudio hecho por el economista español José Viñals que establece que, “si el promedio de vida aumenta tres años más de lo previsto para 2050, el coste del envejecimiento -que ya es enorme para los gobiernos, las empresas, aseguradoras y particulares- aumentaría un 50% en las economías avanzadas, tomando como referencia el PIB de 2010”. “Eso supone una amenaza para la sostenibilidad de las finanzas públicas, al disparar los niveles de endeudamiento en una proporción similar. En paralelo, es un riesgo para la solvencia de las entidades privadas”. A todo esto se suma la velada complicidad entre los médicos y la industria farmacéutica, que han logrado un perfecto balance entre mantenernos vivos por más tiempo, pero siempre enfermos. Nos sanan, pero no nos curan. De esta manera ambos, el médico tratándonos y cobrándonos por las consultas y las farmacias vendiéndonos medicamento que solo “controlan” la enfermedad, no la erradican. Con el agravante de que la mayoría de estos medicamentos tienen efectos secundarios o sea, que pueden causar otra enfermedad muy distinta a la tratada. A los que no les ha gustado esta idea es, a las compañías de seguro de salud y a las empresas que manejan los planes de pensiones. Los clientes duran demasiado tiempo, como dice la señora Lagarde y eso significa mayores erogaciones, en consecuencias, menos beneficios. Ya en algunos países han comenzado a subir la edad mínima para retirarse y a penalizar hasta con un 30% el retiro temprano. Para agravar la situación, ahora la tecnología está avanzando geométricamente, eliminando millones de puestos de trabajo con la automatización. Al punto que ya usted puede trabajar y comprar todo lo que necesita sin salir de la comodidad de su hogar. Así que el futuro cercano se pinta muy lúgubre. Tendremos una población de ancianos que se resiste a morir y una juventud ociosa que no encuentra trabajo, aunque preparada técnica y profesionalmente. Por lo tanto, no cotiza para los fondos de pensiones actuales y futuros. ¿Solución? ¡Tenemos que hacer algo y ya! Dijo Cristina Lagarde. ¿Será la tercera guerra mundial la respuesta? Suena sumamente tétrico. Irónicamente, quien ha dado la voz de alarma es una señora que pasa ya de los sesenta años de edad. jpm
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La necesaria e impostergable tercera Guerra mundial
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