La hora de una Unión Americana 

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El autor es político y comunicador. Reside en Santo Domingo

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Las grandes transformaciones de la historia no nacen de la rutina, sino de las crisis. Los pueblos que alcanzan la grandeza son aquellos que saben interpretar el signo de su tiempo y tienen el coraje de construir instituciones nuevas cuando las antiguas han agotado su capacidad para responder a los desafíos de la civilización.

Muchos sostienen que la Organización de las Naciones Unidas, concebida al término de la Segunda Guerra Mundial como instrumento para preservar la paz y promover la cooperación entre las naciones, atraviesa hoy una profunda crisis de credibilidad.

Las guerras continúan multiplicándose, las dictaduras sobreviven con escaso costo político y, con frecuencia, la burocracia internacional parece más preocupada por preservar sus propios equilibrios que por defender con firmeza los principios que dieron origen a la institución.

En ese contexto, algunos consideran que los Estados Unidos, bajo el liderazgo del presidente Donald Trump, podrían promover una nueva arquitectura institucional para el hemisferio occidental: una Unión Americana (UA), integrada por todas las naciones del continente que libremente decidan adherirse a un mismo pacto de principios, derechos y responsabilidades.

No se trataría de una alianza circunstancial ni de un simple acuerdo comercial. Sería una verdadera comunidad de naciones republicanas, cimentada sobre la supremacía del Estado de derecho, la independencia de los poderes públicos, la celebración periódica de elecciones libres y transparentes, la protección efectiva de los derechos humanos y la defensa inquebrantable de las libertades individuales, económicas, políticas y religiosas.

La libertad no admite apellidos ideológicos. La opresión conserva el mismo rostro, ya se disfrace con los símbolos de la extrema izquierda o con los de la extrema derecha. Allí donde se clausura la alternancia política, se persigue al disidente, se manipula la voluntad popular o se convierte al Estado en instrumento de dominación partidaria, la democracia deja de existir para dar paso al autoritarismo.

Por ello, una auténtica Unión Americana debería establecer mecanismos institucionales claros para la defensa del orden constitucional. Ningún gobierno que quebrante deliberadamente los principios democráticos debería disfrutar de los beneficios de una comunidad fundada precisamente sobre esos valores.

Respuesta colectiva

La respuesta frente a tales desviaciones tendría que ser colectiva, jurídica y política, mediante procedimientos previamente establecidos y aceptados por todos sus miembros, preservando siempre la soberanía de los pueblos y el respeto al derecho internacional.

América posee una historia, una tradición jurídica y un patrimonio cultural que la distinguen como una de las regiones con mayor potencial para constituir una gran comunidad de naciones libres. Desde Alaska hasta Tierra del Fuego, el continente comparte una vocación republicana que, pese a sus interrupciones históricas, sigue siendo el horizonte al que aspiran millones de ciudadanos.

Quizá haya llegado el momento de pensar con la audacia de los grandes estadistas y no con la resignación de los administradores del presente. Las instituciones no son eternas; nacen, evolucionan y, cuando dejan de servir a los fines para los cuales fueron creadas, son sustituidas por otras más aptas para responder a las exigencias de una nueva época.

Si el siglo XX estuvo marcado por la creación de organismos internacionales concebidos para evitar otra guerra mundial, el siglo XXI podría exigir la consolidación de una comunidad continental capaz de garantizar la libertad, fortalecer la democracia y promover el desarrollo integral de los pueblos americanos. Esa podría ser, para muchos, la gran tarea política de nuestra generación.

jpm-am

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