Mientras vivamos, los que hoy estamos en cuarentena vamos a recordar esta singular Semana Santa, que otrora fuese de viajes y recreos, de misas y cultos masivos, de playas y colmadones, de hoteles y vueltas al campo, de dominó y chichiguas, de montañas y de ríos; en una frase, de irse de la casa alforja al hombro y compartir, mientras que ahora es todo lo contrario, de recogerse todo el día y trancarse a las cinco en punto de la tarde, si o si y sin apelación.
Pero como se afirma que todo lo malo suele tener algo de bueno, este encierro que nos impone la pandemia del Coronavirus (COVID-19) puede servir para que en el silencio, el amor y la solidaridad, encontremos la verdadera esencia de la Semana Mayor como espacio ideal de reflexión para cultivar valores, fortalecer la fe y reforestar la esperanza.
Aspiremos a ser, lejos del bullicio, lámparas encendidas y aliento de vida para aquellos que lloran la pérdida de un ser querido, luchan contra un contagio que nunca esperaron, lidian con la escasez que les amaina el sustento o, simplemente, se sienten prisioneros por un obligado y necesario estilo de vida entre paredes que nunca desearon.
Que impere en nosotros la compasión, la entrega, y tal como dijera la Madre Teresa, «Dar hasta que nos duela y, cuando duela, dar más», empezando con los más necesitados, los de edad avanzada, los enfermos, los débiles y los mas desposeídos. Miremos con ojos de amor a nuestros vecinos, reguemos de solidaridad los barrios, los edificios, los campos, cada rincón, porque es necesario que en todos florezca lo mejor de nosotros.
Demos la mano a los extranjeros angustiados porque, además de los efectos de la pandemia, sufren la lejanía de sus familiares, de sus tierras y sus tradiciones.
En esta semana de reflexión donde conmemoramos el triunfo del amor y de lo colectivo sobre la indiferencia y el individualismo, seamos imagen del cambio al que aspiramos como sociedad, comenzando por nosotros mismos, desde nuestro interior, desde lo más profundo de nuestro ser.
Como canta Montaner en “El Poder del Amor”, los seres solo son humanos si saben justificar oh, oh, que son más humanos si pueden amar”. Llenarse de amor incondicional los corazones pudiera dar más derecho a considerarse hijos de Dios que golpearse el pecho en ritos de asambleas machacando en público culpas colectivas.
Así, vamos a recordar por siempre la Semana Santa del 2020, cuyo recogimiento ayudó a nuestra Nación, como un gran equipo, a lograr que el COVID-19 se vaya, y volvamos a abrazarnos de cómo antes, con la seguridad de que lo mejor ya está cerca.
JPM


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