Quizá no me crean ustedes si les digo que estas fiestas de diciembre no han despertado en mí ninguna emoción; pero esa es la pura verdad. Y todo tiene su explicación. Resulta que esta vez he preferido adoptar la posición de observador desanimado sin participar activamente de los festejos propios de la época.
Todo comenzó con las lluvias de la tormenta tropical Matthew y los daños causados por el desbordamiento de los ríos y las inundaciones consecutivas a las aguas liberadas de las presas. Como consecuencia de su paso hubo numerosas pérdidas de vida y fueron muchas las familias que perdieron sus casas y ajuares y miles los que tuvieron que ser llevados a lugares de refugio. Los sobrevivientes tuvieron que luchar despavoridos para lograr salir a lugares más seguros, subir a los techos de sus casas casi cubiertas por el agua o aferrarse a árboles por dos o tres días hasta ser rescatados. Muchas de esas personas, supongo yo, aún lloran a sus muertos y todavía no se reponen del impacto emocional que significó una experiencia tan traumática.
Después de aquí continuó su trayectoria afectando a Cuba, La Florida e incluso México, causando daños por todos los lugares a los que llegó. Afortunadamente, las previsiones y rápidas medidas de salvamento adoptadas en esos lugares impidieron que se produjeran muertes, a pesar de que en algunas ciudades se registraron lluvias como no se habían registrado en los últimos 50 años, pero en ninguna se observó una inundación de la magnitud de la observada en Puerto Plata y La Isabela.
Creo no equivocarme al afirmar que las imágenes desgarradoras de las familias afectadas en nuestro país vistas por la TV y también difundidas ampliamente por whats app aun impactan la sensibilidad del intelecto y motivan una continuada reflexión. Por eso he desechado con cortesía las invitaciones que me han hecho a cenas y fiestas navideñas desde que iniciaron su celebración.
En lugar de ir a una fiesta siento el deseo de encaminarme a un templo a elevar una plegaria por los afectados de estas perturbaciones, y en lugar de encender luces de colores sobre árboles de navidad, se me ocurre encender velas por los muertos.
Si aún así alguien desea hacer festejos, le pido que estos sean sencillos, sin perder de vista el verdadero motivo que los genera: el recuerdo del nacimiento del Mesías en Belén, y el respeto que nos merece el dolor de los afectados y el silencio de los muertos.
jpm


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