Los niños, como los adultos, somos suceptibles a la fantasía. Si no fuera así la vida no valdría la pena. Existen fantasías, sin embargo, que satisfacen el ego de los que manipulan los sentimientos de los pueblos: los llamados mercaderes.
Como la fantasía de la navidad basada en adquirir artículos innecesarios no hay otra. Fantasía relacionada a sentimientos que deben acompañar a la época donde los campos se llenan de flores únicas, los pájaros se van de viaje.
Los mercaderes, filósofos del bolsillo, genios de la manipulación ciudadana, todo lo pueden, menos crear la brisa que de la navidad aflora, el estado de religiosidad que despierta el deseo de una vida inspirada en la sencillez, la alabanza, la austeridad, el deseo de ser mejor.
Pareciera fantástico lograr tal sueño, puesto que la fantasía saludable no genera dividendos. Nos involucramos en una competencia de sensaciones digitales, que por un lado, nos acerca a Marte, pero por otro, nos aleja de la Tierra.
La sentencia nos provoca estupor. Nos acercamos a una despedida del género humano, que involucra a nuestros parientes, costumbres, deseos más inmediatos. El progreso no se detiene, así nos enseña la historia de la humanidad.
La conquista de Marte se asocia al descubrimiento de los primeros inventos: la rueda, la imprenta, la pólvora, el papel de trapo, la brújula. Todo progreso genera cambio. Nosotros, el homosapiens, como animales superiores, practicamos el canibalismo de la especie.
Somos útiles o inútiles, de acuerdo a nuestro destino, a nuestra rueda genética o a la gracia de Dios. Esperemos una navidad con abundancia de paisajes de cristal. Aspirantes a extraterrestres, no podría ser de otro modo.
Hemos maltratado nuestro entorno y hemos pagado las consecuencias. Pareciera también, que por un sentimiento solapado de la especie, para desarrollarnos, tenemos que eliminarnos, sin reglas de compasión y sin razonamiento.
Esperemos un enero más gris, una navidad más adecuada a nuestros propósitos de destrucción masiva y más beligerante con nuestra naturaleza.
Un enero cargado de los gastos que el hedonismo desmedido ocasiona al bolsillo de los pobres, un enero presagio de una vida artificial, fuera de nuestro diezmado planeta, un enero gris, como las alas de ciertas mariposas.

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