POR LUIS M. GUZMAN
La economía dominicana está creciendo. Según los datos oficiales, entre enero y julio de 2026 la actividad económica aumentó 4.5 %, y solo en julio creció 4.6 % frente al mismo mes del año anterior. Construcción, turismo, zonas francas y servicios financieros avanzan.
Ahí comienza la diferencia entre el país que crece y el bolsillo que intenta alcanzarlo. Que la economía aumente 4.5 % no quiere decir que su sueldo aumentó 4.5 %, mucho menos que ahora pueda comprar 4.5 % más. Significa que República Dominicana produjo más bienes y servicios. Usted puede trabajar las mismas ocho horas, cobrar prácticamente lo mismo y gastar más para mantener exactamente la vida que tenía antes. El país puede enriquecerse estadísticamente mientras su presupuesto familiar continúa bajo presión.
La inflación de agosto fue 5.13 % comparada con un año antes. Traduzcamos eso al lenguaje de la calle, los precios siguen subiendo. Y cuando le digan que “la inflación está bajando”, recuerde algo fundamental, eso no significa necesariamente que el arroz, el pollo, los medicamentos o el transporte volvieron a costar lo que costaban.
Significa que, en promedio, los precios están aumentando más lentamente. Si algo pasó de RD$100 a RD$130 y después sube a RD$133, la inflación puede haber disminuido; usted, sin embargo, sigue pagando RD$33 más.

Después está el crédito. En agosto la tasa activa promedio de la banca múltiple rondaba 14.08 %. Parece una cifra técnica hasta que usted necesita dinero. Entonces se convierte en la cuota del vehículo, el préstamo personal, el financiamiento del pequeño negocio o la deuda que tuvo que asumir para resolver una emergencia. Cuando pedir prestado resulta caro, una parte creciente del ingreso futuro ya está comprometida antes de cobrarlo. Se puede ganar más nominalmente y, aun así, disponer de menos dinero realmente libre.
También existen avances que debemos reconocer. La pobreza monetaria oficial cayó de 19.0 % en 2024 a 17.3 % en 2025 y los ingresos reales de muchos hogares mejoraron. Eso es positivo. Pero el propio informe oficial señala que la desigualdad aumentó ligeramente. Ahí aparece una distinción esencial, que mejore el promedio nacional no significa que la mejoría llegue igual a todos. Imagínese diez personas alrededor de una mesa, si dos reciben mucho más y ocho apenas avanzan, el promedio puede mejorar aunque la experiencia de la mayoría cambie muy poco.
Miremos ahora la vivienda. El último dato estructural disponible indica que 42.5 % de los hogares dominicanos vive alquilado y en las zonas urbanas la proporción alcanza 46 %. Para esas familias, cada mes comienza con una parte importante del ingreso ya comprometida. Después llegan electricidad, agua, teléfono, transporte, comida, medicamentos y educación. Lo verdaderamente importante no es cuánto gana una persona en bruto, sino cuánto le queda después de cubrir aquello que no puede dejar de pagar.
Y aquí aparece otro termómetro extraordinario de nuestra economía: las remesas. Entre enero y julio de 2026 entraron US$7,316.4 millones enviados principalmente por dominicanos que viven fuera del país. Ese dinero sostiene consumo, alimentación, estudios, medicamentos, viviendas y emergencias de innumerables hogares.
No estamos hablando de una economía fracasada. República Dominicana tiene turismo fuerte, exportaciones, inversión extranjera, zonas francas, remesas y sectores empresariales dinámicos. Precisamente por eso la pregunta debe ser más exigente. Después de tantos años figurando entre las economías de mayor crecimiento de la región, ya no basta con celebrar cuánto aumenta el tamaño del pastel. Hay que preguntar cuánto llega al plato del trabajador que contribuyó a producirlo.
El dominicano entiende perfectamente esa diferencia sin haber estudiado economía. La entiende cuando recibe un aumento y meses después siente que desapareció; cuando trabaja horas extras para conservar, no para mejorar, su nivel de vida; cuando tener dos ingresos en una casa deja de representar prosperidad y se convierte simplemente en necesidad. Una familia no mide su progreso preguntando cuánto creció el PIB. Lo mide preguntándose si puede comer mejor, ahorrar algo, comprar una vivienda, educar a sus hijos y enfrentar una emergencia sin endeudarse.
Por eso Gobierno y economistas pueden tener razón cuando dicen que República Dominicana está creciendo, mientras también tiene razón el ciudadano que responde: “yo no lo siento”. Están midiendo cosas diferentes. El primero observa producción, inversión y actividad económica; el segundo observa cuánto dinero entra por la puerta de su casa y cuánto sale antes de terminar el mes. Entonces el verdadero éxito comenzaría cuando esas dos fotografías empiezan a parecerse.
El desafío dominicano ya no consiste simplemente en producir buenas estadísticas. Consiste en lograr que el crecimiento viaje desde los informes económicos hasta la mesa de la familia. Que se convierta en mejores salarios, empleos estables, vivienda alcanzable, capacidad de ahorro y servicios públicos que eviten pagar privadamente lo que debería funcionar colectivamente.

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