Explicar las catástrofes que acontecen en esta tierra desde el punto de vista de Dios es un asunto complicado y difícil. La lógica de Dios no funciona al mismo nivel de la lógica de los hombres. Esto está explicado bien claro en Isaías 55:8-9: “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová. Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos”.
Esta afirmación bíblica vale para muchas realidades, pero si la aplicamos a la inminencia de los desastres naturales, lo normal y más recomendable es que tomemos todas las medidas preventivas necesarias y oremos al Señor reconociendo su poder soberano, reconociendo su santidad y justicia y haciendo con humildad una confesión sincera de nuestras transgresiones, al tiempo que imploramos su intervención misericordiosa a nuestro favor y de todo el pueblo.
Cuando nos encontramos ante fenómenos como Irma u otros similares, nuestras oraciones bravuconas, cargadas de verbos imperativos y apelaciones autoritarias no impresionan a Dios ni alientan ni consuelan al pueblo. Son un simple desperdicio religioso. A Dios, más que nuestros títulos eclesiásticos, por rimbombantes que sean, lo que lo impresiona y lo mueve es nuestro clamor humilde y sincero, es el reconocimiento de nuestra fragilidad y la confesión de nuestros pecados. Tenemos que aprender a buscar el rostro de Dios apelando a su misericordia, reconociendo su justicia y su soberanía.
Podemos clamar por misericordia, pero no podemos darle órdenes a Dios, ni querer imponer nuestra voluntad sobre sus designios inescrutables. Escuché algunos de los profetas más conocidos pulverizando el huracán Irma con palabras autoritativas y fulminantes. Los escuché declarar y hasta maldecir con declaraciones imprecatorias este destructivo fenómeno. Pero no escuché en sus pronunciamientos y oraciones palabras como “misericordia”, “arrepentimiento”, “humillación”, “perdón” u otras similares.
El Señor desvió el huracán Irma cuando su trayectoria apuntaba sobre la República Dominicana, no por la palabra o por la intervención de ningún autodenominado profeta, Dios lo hizo por la oración y el clamor humilde de su pueblo. A Él sea la gloria.
JPM


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