Se tiene la creencia casi generalizada de que el único dominicano que luchó por la independencia de Cuba fue Máximo Gómez. Un gran error. Él fue el principal personaje nuestro allá, pero no el único que empuñó las armas para zafar a los cubanos de la opresión del entonces imperio colonial español.
Tenía un “espíritu que sólo parecía forjado para las tempestades de la guerra…era un guerrero que no confiaba únicamente en la energía de su brazo, sino también en su ascendiente espiritual sobre las huestes que miraban en él a un padre, tan hosco y recto como sensible y amoroso”. (Papeles dominicanos de Máximo Gómez. Ed. Corripio, 1985. Liminar. Emilio Rodríguez Demorizi).
Dominicanos combatieron en Cuba desde el 10-10-1868 (Grito de Yara), en la guerra de los 10 años (1868-1878). Así también en la Guerra Chiquita (1879-1880), dirigida por el general Calixto García; y en grado mayor en la Guerra Necesaria, cuya figura militar principal fue el generalísimo Máximo Gómez Báez. “Aventureros de Santo Domingo” les llamó despectivamente Adelardo López de Ayala el cinco veces ministro de Ultramar de España.
Marcos del Rosario Mendoza
De uno de los héroes de la última guerra de liberación de la isla mayor de las Antillas dijo José Martí, el 15 de abril de 1895, en carta a un amigo suyo: “Marcos del Rosario, bravo dominicano, negro.” Vale decir que él nació en 1859 en la entonces sección de Guerra. Nunca pisó una escuela. Partió hacia Cuba, junto con Gómez, Martí y otros héroes y mártires, desde el litoral de Montecristi el 1 de abril de 1895.
Sus hazañas bélicas (con el canto de guerra “anda, hijo, no te aterres”), le permitieron alcanzar el rango de coronel del Ejército Libertador de Cuba. Ya anciano relató que en Montecristi: “Martí se ponía a enseñarme y me hizo una cartilla para aprender a leer…Martí me sujetaba la mano para enseñarme a escribir…Yo le decía a Martí el adivino.”
Luis J. Marcano acompañó a los españoles que se fueron a Cuba al perder aquí la Guerra de Restauración. Allí luchó por la libertad, enfrentando a sus antiguos jefes neocoloniales. Así también lo hicieron sus hermanos Félix y Francisco. Murió en combate, en un lugar no precisado debido a la bruma del desinterés de los que allá debieron indagar esa cuestión de importancia histórica.
Tenía preeminencia militar. Por su coraje y capacidad táctica obtuvo una cascada de triunfos armados, siendo el más resonante el que logró en la ciudad de Bayamo, donde derrotó en la Guerra Grande a los colonialistas, luego del referido Grito de Yara del 10 de octubre de 1868. Por varios años esa ciudad fue declarada la capital de la República de Cuba en Armas.
Modesto Díaz Álvarez
El banilejo Modesto Díaz Álvarez se convirtió, a partir del citado 10-10-1868, en un extraordinario jefe de las tropas mambisas que se enfrentaban a los contingentes militares españoles. Logró el rango de mayor general del Ejército Libertador de Cuba. Obtuvo resonantes victorias en decenas de pueblos del oriente de ese país. Atrás quedó su pasado de seguidor de los colonialistas aquí y allá.
En la historia de la isla mayor del archipiélago antillano hay varias crónicas que señalan que la frustración por no poder matar a ese bravo y astuto dominicano llevó a los jefes coloniales españoles a llamarlo en forma desdeñosa “El jabalí de la sierra”. Al terminar la Guerra Grande retornó a la República Dominicana, donde murió en su casa de Yaguate, San Cristóbal.
Enrique Loynaz del Castillo
El general Enrique Loynaz del Castillo nació en Puerto Plata; hijo de padres cubanos que vivían exiliados en esa ciudad de la costa atlántica del país. Antes de comenzar la última guerra de liberación de Cuba José Martí le encargó misiones delicadas. Participó como jefe miliar en la mencionada Guerra Necesaria, iniciada en 1895. Derrotó de manera aplastante a tropas españolas en varios encuentros armados.
Por sus proezas armadas fue designado lugar teniente de Antonio Maceo, El Titán de Bronce. También fue asesor en logística y planeamiento militar del mayor general Serafín Sánchez Valdivia. Otros dominicanos héroes en Cuba son el educador Manuel de Jesús de Peña y Reynoso y el intelectual Lorenzo Despradel, a quien le decían Muley.


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