Derrotado en la infame batalla de Waterloo después de haber sido el genio victorioso de inigualables batallas como la de Austerlitz, nadie pudo ser tan indicado como Napoleón Bonaparte para pronunciar la frase: “La victoria tiene cien padres y la derrota es huérfana”.
Tanto en la campaña militar, definida por el Diccionario de la Real Academia Española como: “Tiempo que cada año estaban los ejércitos fuera de cuarteles en operaciones de Guerra”, como en la política, los combatientes se exponen a entrar triunfantes por la puerta del éxito o a retirarse agonizantes por el camino empolvado de la derrota. Sin embargo, la derrota nunca descansa en paz. Quienes buscan desentrañar su causa la mantienen muchas veces más viva que a la victoria.
Esto es lo que ocurrió con la famosa campaña presidencial de Richard Nixon de 1960, que aparece enfocada en la obra “Qué sé yo de historia”, en el estilo único de su genial autor, Kenneth C. Davis, con la interrogante: “¿Por qué las ojeras de Richard Nixon arruinaron su campaña presidencial de 1960?”.
Como es de suponerse, en unas elecciones con un resultado inesperado como el que terminó favoreciendo al joven candidato demócrata, John F. Kennedy, los factores a ser tomados en cuenta para explicar la causa de la derrota son diversos. No obstante, fueron dos las causas que se considera más influyeron en la derrota del vicepresidente republicano, a saber: una frase inoportuna de su presidente, Dwight David Eisenhower y los primeros debates presidenciales televisados.
Para infortunio de Nixon, un día de agosto de 1960, estando empatado en las encuestas con Kennedy, un periodista le preguntó al presidente Einsenhower, a decir del referido autor, que en cuantas decisiones importantes el había participado en sus ocho años como vicepresidente, recibiendo la sorpresiva respuesta siguiente: “Si me das una semana, podría pensar en una”.
A pesar de que Einsenhower aclaró posteriormente que se trataba de una broma, en realidad nunca respondió la pregunta, lo que significó un golpe demoledor para la campaña de Nixon.
Sin embargo, conforme a Davis, para la mayoría de los historiadores que analizan las campañas presidenciales, el golpe generado por el chiste del presidente no derribó a Nixon. La causa de la derrota le debe ser atribuida a los debates presidenciales televisados, primeros en la historia, que “se constituyeron en una andanada de golpes visuales y verbales de los que Nixon nunca pudo recobrarse”.
Nixon salió de una hospitalización de dos semanas para asistir delgado y con ojeras a enfrentarse, ante 70 millones de televidentes, a un Kennedy “que era la encarnación misma de la juventud y del vigor atlético”.
Los debates fueron decisivos, pero ¿qué hubiera pasado si Einsenhower no hubiera pronunciado la citada frase y se hubiera integrado plenamente a la campaña de Nixon? Es probable que la historia hubiera sido otra.
El presidente Einsenhower únicamente aparentó apoyar a Nixon al cerrarse la campaña, cuando ya el triunfo de Kennedy era irreversible. Una vez más se demostró que cuando un presidente decide no integrarse activamente a apoyar al candidato de su partido, las posibilidades de ganar las elecciones se reducen significativamente.

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