Cuidado con una primavera latino americana

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EL AUTOR es electricista industrial. Reside en Nueva York.

Nosotros crecimos oyendo y leyendo los cuentos de las mil y una noches.

Nos hicimos cómplices de la princesa  Sherezade y al final, también terminamos siendo amigos del sultán.

Los lejanos pueblos árabes,  a través de la fantasía,  se nos presentaban como tierras de magias, de hermosas leyendas.

A esas historias contribuyeron Aladino y su maravillosa lámpara, Ali Babá y los 40 ladrones, Simbad el marino y muchos otros fabulosos personajes.

Más tarde en los salones escolares supimos de la Mesopotamia, actual Irak, asentada entre las riveras del Tigris y el Éufrates.

Aprendimos que en esa zona apareció la escritura, las matemáticas, el álgebra. En fin,  los países árabes en nuestros años de estudiante, lo concebíamos como lo que eran, el principio de la civilización.

Con sus costumbres, algunas diametralmente opuestas a las nuestras y con sus constantes conflictos étnicos y religiosos, vivían con relativa felicidad y evidente progreso.

Pero, a los Estados Unidos, el país más democrático del mundo,  se les ocurrió cambiarle sus ancestrales modos de vida y comenzaron una campaña de descréditos y mentiras, como las de las armas de destrucción masivas en Irak.

Invadieron ese país, asesinaron al presidente Sadam Hussein, luego a Mohamed Gadafi y lo intentaron con Bashar al-Ásad. ¿Cuál fue el resultado? Que países estables y progresistas como Irak, Libia y Siria, pasaron de una llamada  “primavera árabe” a un mismísimo, no invierno, sino, infierno.

Esto es recurrente en el accionar norteamericano. En el primer tercio del pasado siglo, el cuco era el comunismo y para luchar contra ese sistema, nos llenaron nuestros países de dictadores.  Trujillo, Somoza, Duvalier, Strossner.

Luego llegó la guerra fría, con este tema destronaron regímenes democráticos blandiendo esa bandera. Allende, Torrijos, Velasco Ibarra.

Últimamente el pábulo es la corrupción.  Brasil, hace un par de años, era una nación que, de la mano del presidente Da Silva (Lula),  se le veía como un gigante entre los grandes, por su desarrollo y sus conquistas, a un grado tal, que ya estaba considerada como la séptima economía mundial.

Hoy, esos 30 millones de pobres de los que se ufanaba el presidente Lula que se habían convertido en clase media, volvieron a ser pobres pues la economía carioca colapsó.

Acusaron a la presidenta Dilma Roussef de mal manejos de fondos, no de robo y la destituyeron. A Lula, potencial presidente nuevamente, le levantaron cargos por haber aceptado un apartamento, lo cual nunca se probó y lo enviaron a la cárcel.

Utilizaron el tema de la corrupción con Fujimori en Perú,  Bachelet, en Chile,  con Chávez en Venezuela, La Kirchner en Argentina, Zelaya en Guatemala y han convertido a este país, junto con El Salvador y Honduras, en el llamado triángulo de la muerte de Centro América.  Hace unos meses comenzaron con Nicaragua.

Al parecer, esta campaña, desde el punto de vista yankee,  sigue siendo exitosa. Los resultados de las elecciones del pasado domingo 7 de octubre en Brasil, apuntan en esa dirección. El  candidato Jair Bolsonaro, se perfila, en segunda vuelta,  como el próximo presidente de esa nación.

Bolsonaro, ex militar, súper ultra derechista, xenófobo, misógino y racista confeso, ha dicho entre otras bellezas que: El general Pinochet de Chile, en cuyo régimen murieron más de 3,000 chilenos, “Debió haber matado más gente”

Está de acuerdo con  la tortura, aunque resalta  que uno de los errores de la dictadura militar brasileña fue torturar en vez de matar. Que la democracia es una mierda y que si gana cerrará el congreso brasileño.  Que no hay la menor duda de que el mismo día daría un golpe de estado, pues la dictadura militar de 20 años en Brasil fue una época gloriosa.  Dos décadas de orden y progreso.

Esto es lo que los brasileños tienen en el horizonte como su nuevo presiente.

Los dominicanos estamos oyendo voces similares.  Muchos están ponderando, sin haberla vivido, épocas superadas.  Y como dice el refrán, no es lo mismo llamar al diablo que verlo llegar.

No tenemos la mejor democracia, pero no busquemos la peor dictadura. No nos dejemos arrastrar por este alud de sinrazones.

Evitemos, con la proliferación de mentiras y sensacionalismos, regularmente de litorales foráneos, adoptados por los eternos conspiradores vernáculos, que nuestro país caiga en esa estación primaveral de las que los árabes y otros países, están desesperados por salir.

El gobierno, por su parte, no solo debe poner los oídos en el corazón del pueblo, sino también escuchar sus latidos e interpretarlos.  Pues a veces, en el confort de un mullido sillón, en una oficina con aire acondicionado, solo escuchamos lo que queremos oír.  Aunque nos estén diciendo exactamente lo contrario.

De esta manera, podríamos seguir viviendo nuestro fresco verano. Pero con los ojos bien abiertos para que no nos sorprenda un chubasco repentino o un ventarrón fuera de temporada.

 

Carlos McCoy

Octubre / 2018

CarlosMcCoyGuzman@gmail.com

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