Por Yanet Girón
Hay niños que crecen esperando una llamada, un abrazo o la presencia de mamá o papá. No siempre detrás de una ausencia existe falta de amor. A veces hay una madre que emigró para trabajar, un padre que tuvo que marcharse o una familia que atraviesa circunstancias que obligan a reorganizar la crianza. Pero mientras los adultos buscan resolver sus necesidades, hay una infancia que aprende a vivir con la distancia.
En muchos hogares, el padre termina asumiendo responsabilidades de crianza que antes compartía con la madre; en otros, son los abuelos, las tías u otros familiares quienes se convierten en las principales figuras de cuidado.
Hay niños que incluso quedan bajo la responsabilidad de personas cercanas a la familia. Quien los cuida puede entregarles cariño, protección y estabilidad, pero la ausencia de una figura parental también puede generar preguntas y sentimientos difíciles de expresar.
La infancia no se construye únicamente con alimentación, educación y un techo. También se construye con presencia: quién escucha al niño cuando tiene miedo, quién celebra sus logros, quién lo acompaña cuando algo le preocupa y quién responde esas preguntas que muchas veces guarda en silencio. UNICEF destaca la importancia del cuidado cariñoso y sensible para atender las necesidades emocionales, sociales y cognitivas durante el desarrollo infantil.
Esa realidad también puede reflejarse en la escuela, en las amistades y en la convivencia familiar. Un niño puede preguntarse por qué otros compañeros viven con sus padres mientras él espera una llamada o una visita.
Algunos expresarán tristeza, enojo o inseguridad; otros podrán adaptarse de una manera distinta. No existe una respuesta única, porque cada historia depende de la edad, el entorno, la relación con sus padres y el apoyo que recibe.
No sería justo señalar a una madre que se marcha a trabajar ni a un padre que debe hacerlo para sostener a su familia. Hay sacrificios que nacen precisamente del deseo de ofrecer mejores oportunidades.
Pero tampoco debemos minimizar lo que puede sentir un niño ante una separación prolongada. El dinero enviado, los regalos y las llamadas ayudan a mantener el vínculo, pero no reemplazan por completo la convivencia cotidiana.
Por eso, cuando mamá o papá no pueden estar, la responsabilidad de quienes permanecen cerca va más allá de alimentar y proteger. También consiste en escuchar, acompañar, explicar y ayudar al niño a comprender que la ausencia de un adulto no significa que él tenga menos valor o que sea responsable de lo ocurrido. Una familia puede cambiar de forma y seguir siendo un espacio de amor, siempre que el bienestar emocional de los niños no quede en último lugar.
Como sociedad, deberíamos preguntarnos menos ¿quién tiene la culpa?, incluyéndolo quienes están cuidando el corazón de esos niños, mientras los adultos intentamos construir un futuro mejor. Porque un niño puede aprender a vivir con la distancia, pero no deberíamos acostumbrarnos a que tenga que crecer sintiendo que debe enfrentarla solo.
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