Ante la nueva burla y más reciente provocación a las leyes y normas dominicanas del exembajador estadounidense Wally Brewster, por lo menos el comunicado aclaratorio – y muy oportuno – de la Junta Central Electoral indicando quienes son los únicos facultados para oficiar matrimonios y de que estos deben ser entre un hombre y una mujer, sirvió para enmendarle la plana al controversial personaje.
Pero, sin dudas, como nación que debe hacer cumplir sus reglas y evitar que las mismas sean letras muertas, volvemos a mostrarnos lentos y a quedar cortos en la respuesta. Y es que, ante la reiteración de actos o de acciones afrentosos, otras autoridades y voces oficiales debieron salir al frente y demandar respeto a nuestras leyes, costumbres, valores y tradiciones.
Ese ciudadano de apariencia afable, desde cuándo inició como embajador en el país y provocó un choque protocolar al aparecer ante el cuerpo diplomático con “un esposo” y luego al atreverse a visitar algunos planteles escolares en compañía de este, debió ser llamado a capítulo por esta sociedad y titulares de instituciones llamadas a garantizar su integridad.
El único que en su momento – activo en su responsable apostolado – lo puso en su puesto fue el cardenal Nicolás de Jesús López Rodríguez, cuando el entonces representante de Estados Unidos andaba en promoción de agendas contrarias a los intereses nacionales.

Aun cuando el acto era simbólico, jamás legal, el evento patrocinado por Brewster en un club privado pudo quedarse en ese marco, y se respetaba como su preferencia sexual, pero es evidente que había un interés mediático especial, sin guardar formas.
No casual, se hizo coincidir el matrimonio gay en Santiago con la llegada de la nueva embajadora norteamericana, Leah Francis Campos, quien, por cierto, envía una muy buena señal a los dominicanos al escoger, en su primera visita, a la Catedral Primada como su puerta de entrada al país.
¡Qué gran diferencia, entre una dama que da buena impresión, de entrada, y otra persona que reitera su línea de notas discordantes! Lo menos que debió hacer Wally, además de cumplir nuestras leyes, era respetar el espacio de la nueva embajadora, su nueva línea u otra política.
Por elemental prudencia, en vez de reaparecer como ente de controversia, Brewster debió – y debe – recogerse.
JPM

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