Arquitectura de la república (IX)

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El autor es médico. Reside en Santo Domingo

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POR VICTOR GARRIDO PERALTA

Hay una diferencia entre equivocarse y no saber corregirse. La primera es humana; la segunda puede convertirse en una enfermedad institucional. Una política pública puede haber sido razonable cuando fue diseñada y dejar de serlo cuando cambia el contexto. Una reforma puede producir resultados prometedores y después perder eficacia.

Una institución puede haber sido creada para resolver un problema y terminar creando otro. Nada de eso debería escandalizar a una República. Lo verdaderamente preocupante comienza cuando la evidencia cambia y la conducta no.

El capítulo anterior llegó hasta un punto fundamental: una República no aprende simplemente porque acumula experiencias. Aprende cuando convierte esas experiencias en conocimiento, conserva ese conocimiento y lo pone a disposición de decisiones futuras.

Pero recordar tampoco basta. Una República puede tener memoria, producir informes, almacenar estadísticas y publicar evaluaciones, y aun así continuar haciendo lo mismo. Puede saber que una política no funciona y mantenerla intacta. Aprender carece de sentido si aquello aprendido no modifica la conducta.

Cambiar no es corregir

Los gobiernos cambian cosas constantemente. Cambian ministros, leyes, instituciones, programas y presupuestos. Pero el movimiento, por sí mismo, no demuestra progreso. Una política puede cambiar por una elección, una protesta, una crisis o una presión de intereses. También puede cambiar porque apareció nueva evidencia y alguien comprendió que la política anterior debía modificarse.

Cambiar significa hacer algo diferente; corregir significa hacerlo diferente porque hemos aprendido que lo anterior debía cambiar. No todo cambio es aprendizaje, no todo aprendizaje produce cambio y una corrección tampoco garantiza una mejora.

Primero hay que localizar el fracaso

Cuando un tratamiento fracasa, el médico no lo sustituye arbitrariamente. Pregunta qué ocurrió: ¿era correcto el diagnóstico?, ¿falló el diseño, la implementación o la medición?, ¿cambió el contexto?, ¿apareció nueva evidencia? La política pública debería hacerse preguntas semejantes.

Cuando un programa fracasa, puede haber fallado el diagnóstico, la teoría causal, el diseño, la ejecución, la capacidad institucional o la medición. No basta saber que una política falló. Hay que saber dónde y por qué. Una reforma no es una verdad revelada; es una hipótesis puesta a prueba por la realidad.

El Estado dominicano ya mide

La República Dominicana no parte de cero. Posee instrumentos de monitoreo y evaluación de políticas públicas. El Ministerio de Economía los ha definido como herramientas para identificar desafíos de implementación, oportunidades de mejora y permitir ajustes oportunos. La cuestión, entonces, no es afirmar que el Estado no evalúa.

La pregunta más rigurosa es otra: ¿en qué medida la evaluación modifica efectivamente las políticas, los procedimientos y las decisiones posteriores? Ahí comienza el verdadero problema, porque entre una evaluación y una corrección tienen que pasar intereses, incentivos, burocracia, restricciones presupuestarias y costos políticos.

Una República puede saber que algo funciona mal y, aun así, no corregirlo. La política existente produce consecuencias; esas consecuencias crean beneficiarios; los beneficiarios desarrollan intereses; y esos intereses pueden terminar defendiendo la permanencia de aquello que la evidencia recomienda modificar.

La corrección deja entonces de ser únicamente una cuestión de conocimiento. Se convierte también en una cuestión de poder. ¿Qué fuerzas tienen interés en que aquello que sabemos no cambie nada? Ésta es una de las preguntas más incómodas que debe formular una República que aspire a gobernarse a partir de evidencia y no únicamente a partir de intereses.

El costo de admitir que uno se equivocó

Corregir tiene además un costo político. Una autoridad que modifica una política porque recibió nueva evidencia puede ser acusada de inconsistencia. Un gobierno que reconoce que una reforma fracasó puede ser acusado de fracaso. Así nace uno de los enemigos más peligrosos del aprendizaje: el incentivo a ocultar las malas noticias.

Pero responsabilidad y aprendizaje no son enemigos. Hay que distinguir entre un error de buena fe, la negligencia y la corrupción deliberada. El corrupto debe responder. El negligente también.

Pero quien tomó una decisión razonable con la información disponible y obtuvo un resultado adverso puede estar proporcionando precisamente la información que el sistema necesita para mejorar.

Una institución que castiga automáticamente a quien comunica un error termina creando incentivos para esconderlo. Un hospital que oculta una complicación para proteger su reputación no se vuelve más seguro; se vuelve menos capaz de aprender. Una República que oculta sus malas noticias tampoco se vuelve más fuerte. Se vuelve menos capaz de corregirse.

La estabilidad no consiste en no cambiar

Una República necesita continuidad. Pero continuidad no significa inmovilidad. Una institución saludable debe poder conservar lo que funciona, modificar lo que falla y abandonar lo que dejó de servir.

La estabilidad verdadera consiste en mantener los principios mientras se modifican los instrumentos cuando la evidencia, interpretada mediante juicio, demuestra que debe hacerse. Un Estado rígido puede parecer estable hasta que la realidad cambia más rápido que él. Entonces la estabilidad se convierte en fragilidad.

Corregir tampoco significa necesariamente construir algo nuevo. Puede significar cambiar un procedimiento, modificar un incentivo, reasignar recursos, mejorar la información o abandonar una política. La pregunta correcta no siempre es: ¿qué nueva institución debemos crear? Puede ser mucho más sencilla y exigente: ¿qué es lo mínimo que debemos cambiar para producir la mejora necesaria?

La corrección también puede enfermar

Existe, además, un último peligro: la corrección también puede producir daño. Puede modificarse una política con buena intención y ejecutarse mal. Puede resolverse un problema y crear otro. Por eso el ciclo no termina en la corrección. Después de corregir hay que volver a evaluar.

El fracaso puede exigir un nuevo diagnóstico; la nueva evidencia, un nuevo juicio; y el nuevo juicio, una nueva decisión. Así, la arquitectura que hemos venido construyendo adquiere una forma circular: observar, interpretar, diagnosticar, decidir, intervenir, ejecutar, evaluar, aprender, recordar, corregir y volver a decidir.

El derecho a cambiar de opinión

Existe una idea política que merece mayor respeto: cambiar de opinión cuando cambia la evidencia. En una cultura política inmadura puede parecer debilidad. En una institución madura es una señal de inteligencia. Una autoridad debería poder decir: “Esto era lo que creíamos. Esto fue lo que ocurrió. Esta es la evidencia nueva. Por tanto, debemos cambiar”. Eso no es inconsistencia. Es aprendizaje.

La verdadera inconsistencia sería conocer que la realidad contradice nuestra hipótesis y continuar actuando como si no lo hiciera. Una República que no puede cambiar de opinión queda prisionera de sus propias declaraciones anteriores. Y entonces el pasado deja de ser memoria. Se convierte en mandato.

¿Qué impide corregir?

Saber qué debe cambiar no garantiza que pueda cambiarse. La corrección redistribuye dinero, poder, privilegios, responsabilidades y oportunidades. Una institución puede defender su presupuesto. Un grupo puede perder privilegios.

Un gobierno puede temer el costo electoral. Por eso la pregunta decisiva no es solamente: ¿qué sabemos? Es esta: ¿qué fuerzas tienen interés en que aquello que sabemos no cambie nada?

La prueba definitiva

Para saber si una institución realmente aprendió, no basta preguntar si tiene informes, indicadores o evaluaciones. Hay que formular una pregunta más incómoda: ¿qué decisión posterior fue diferente porque una decisión anterior produjo conocimiento? Ésa es la prueba. Si no podemos identificar ninguna, quizá hubo información, evaluación o memoria, pero todavía no podemos demostrar aprendizaje con consecuencias.

Si, en cambio, una decisión posterior cambió porque una experiencia anterior produjo conocimiento, la institución ha empezado a aprender de sí misma. Entonces la memoria deja de ser archivo y se convierte en capacidad.

La verdadera madurez republicana

Aquí se completa el movimiento de los capítulos anteriores. La República observa. Interpreta. Diagnostica. Decide. Interviene. La realidad responde. La República evalúa, aprende, recuerda y corrige.

Pero corregir no significa terminar. Significa volver al principio con mejor información. Una República madura conserva la continuidad sin conservar necesariamente los errores. Puede respetar el pasado sin obedecerlo y cambiar de rumbo sin fingir que nunca estuvo equivocada.

Porque recordar sin cambiar es archivar. Cambiar sin aprender es improvisar. Y corregir sin evaluar puede producir una nueva enfermedad. Una República no demuestra que aprendió cuando reconoce su error. Lo demuestra cuando hace algo diferente porque aprendió. Y quizá ésa sea una de las pruebas más exigentes de la madurez política: no si una República puede gobernar, sino si puede corregirse sin destruirse.

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