Algo triste: la vida de mi padre fue extraña
La historia de mi padre es un poco extraña y, por momentos, también un poco triste. Comenzando porque, poco después de cumplir los cinco años, tuvo que ver a su padre en medio de la sala, inmóvil, dentro de una caja sostenida por cuatro sillas.
-No te hagas el dormido –le gritaba él, tratando de despertarlo moviéndole la cabeza de un lado a otro-. El domingo tienes que darme el peso que me prometiste para comprar un helado.
A su padre le gustaban las fiestas. Iba solo a los bailes, porque su esposa, Juana Mourray, era demasiado seria como para ponerse a bailar.
La noche anterior a su muerte se fue caminando a un salón donde organizaron un baile porque sí, para proveerse de un motivo para bailar. Respondió a los guiños que le hacía una mulata de muy buen cuerpo, que bailaba con un negro llamado Carmoní. Aprovechó un intermedio para acercarse y pedir a Carmoní que lo dejara bailar una pieza con la mulata. Carmoní se negó. ¡Qué bonito! ¡Venir aquí sin pareja, para después querer quitarle a uno la suya! Pues, no, señor. Usted me disculpa, pero si usted no trajo pareja, quédese en su silla hasta que aparezca una, o conténtese con mirar. Así sí es bueno…
Pero mientras Carmoní hablaba, la mulata lo rodeó y abrazando a Epifanio, que era el padre de mi padre y quien debió ser mi abuelo, lo haló para un lado, y Carmoní se quedó hablando solo, reclamando el derecho de mantener a una pareja que ya no tenía.
Cuando se dio cuenta de lo que pasó, Carmoní se escurrió silencioso y nadie volvió a verlo durante el baile.
Epifanio, por su parte, gozó de lo lindo, apretando cada vez más a la mulata en cada pieza y aprovechando los descuidos de la gente para darle sus besitos y algunas cosas más…
A las doce de la noche, como lo mandaba la ley, se acabó todo. Las mujeres empezaron a reunirse alrededor de quienes las llevarían a su casa que, como era costumbre, debía ser, únicamente, el que recibió autorización de los padres de la muchacha para llevarla a la fiesta. De modo que Epifanio, sin mayores posibilidades para esa noche, se despidió de la mulata y comenzó a caminar rumbo a su casa por la carretera. Más o menos un kilómetro adelante tenía que tomar un camino divisorio, entre propiedades, y como trescientos metros adentro estaba su casa.
A un lado del punto en que se encontraba el camino con la carretera, un almendro frondoso cobijaba del sol a los que durante el día esperaban que pasara una máquina (así llamaban a los pocos automóviles que brindaban el servicio de transporte hacia la población más cercana.) Y, justo detrás del almendro, se ocultó el negro Carmoní; aunque decir se ocultó es un simple decir, porque tan oscura era su piel, que para no ser visto en medio de la noche, simplemente tenía que procurar no exponer los dientes.
La cosa fue que Epifanio no lo vio; es más, ya ni se acordaba él de Carmoní y venía tarareando una canción de amor, cuando al pasar junto al almendro, le pareció ver un movimiento extraño y sintió que algo le hirió el costado izquierdo. Volteó, herido y, entonces, vio a Carmoní con el puñal ensangrentado que le dijo para que aprendas a respetar la pareja de otro. Sintió ganas de toser y cada vez que lo hacía, la sangre le salía, espumosa, por boca y nariz. Cayó al suelo y desde allí le gritaba Carmoní, no me dejes morir. Por favor, ayúdame. Sin embargo, el negro, indiferente, tomó un par de hojas caídas del almendro y con ellas limpió la sangre del puñal y, después, lo guardó en su baqueta, debajo de la camisa, y se fue sin mirar atrás.
Tuvieron que ir al pueblo a despertar al médico legista y ofrecerle buen dinero para convencerlo de que fuera a Boca de Nigua, a esa hora, a levantar el muerto y expedir el certificado de defunción, para que el cadáver ensangrentado no tuviera que permanecer en el suelo, rodeado de perros hambrientos, hasta después de las ocho de la mañana del día siguiente, en que, oficialmente, se reanudaban las actividades públicas. De modo que, después que levantaron el cadáver y lo llevaron a la casa, allí no hubo sosiego con tanta gente yendo a preguntar si era verdad que habían matado a Epifanio.
Mi padre estaba molestísimo porque lo despertaron y, luego, no lo dejaban dormir con todo el ruido que hacían; de manera que, al día siguiente, tenía doble motivo para estar molesto. Por una parte había dormido mal y, por otra, su padre Epifanio, ahora se hacía el dormido para no darle el peso que le prometió como regalo de cumpleaños.
Durante mucho tiempo no comprendió él, ni nadie le explicó, por qué Epifanio prefirió irse acostado en un cajón, a cumplir la promesa de darle un peso.
Eso hizo que se volviera desconfiado y peleonero, y le gustara hablar poco. Sin embargo, siempre estaba dispuesto a cumplir mandados, siempre y cuando hubiera un pago de por medio.
Panchito, lo llamaban por entonces y lo buscaban todos los que necesitaban pequeñas encomiendas, porque tan pronto se le decía lo que debía hacer, salía rápido, rápido, y con la misma prisa regresaba trayendo la respuesta en cuestión de minutos.
Un negociante que se iba para Cuba convenció a su madre de que le entregara el muchacho. Yo lo pondré a estudiar, le dijo, y haré de él un hombre de bien. Si se queda aquí va a terminar como su padre o alzado en los montes contra el gobierno.
Doce años tenía mi padre cuando llegó a Cuba y allí se puso a estudiar por las tardes cuestiones de agricultura, mientras en las mañanas despachaba en el colmado de su padre adoptivo.
Sin decirlo a nadie fue ahorrando en un banco la mitad de su salario con la idea de un día volver a Cuesta Barrosa, donde había ido a vivir su madre después de enviudar, a orillas del río Yásica, y comprarse una finca.
Ya se imaginaba él con botas de cuero finísimas, hasta media pierna y espuelas de bronce o de plata, con una cuadra de caballos y mil cabezas de ganado.
Llevaba calculados en un cuaderno sus ahorros, con los intereses que devengaban y la proyección de su crecimiento a largo plazo. Según sus cálculos, en quince años estaría listo para regresar llevando dinero suficiente para adquirir la finca y las primeras cien reses. Ya tenía vista la tierra; la de la viuda Ramírez, que colinda con el río. Para entonces tendría 27 años y podría regresar, ya no como Panchito, sino como don Pancho, el hacendado.
Cuando tenía 25 las cosas marchaban viento en popa; sus cálculos se habían quedado cortos. Ya tenía con qué regresar y llevar a cabo sus planes; pero como había dispuesto todo para dentro de dos años, quiso seguir trabajando.
No contaba él con que sucedería lo que le ocurrió después- Se enamoró de la mujer de un guerrillero, y ella, sin decirle que sí, tampoco le dijo que no. Y desde su escondite en las montañas, el guerrillero sentenció cuando se enteró del asunto, díganle a Panchito que es hombre muerto. Pero enamorado como estaba y con la esperanza de que, en cualquier momento, una bala le quitara lo hablador al guerrillero, Panchito siguió como si nada, enamorando a la mujer, cada vez que podía.
Por estar el ejército realizando movimientos in calculados de la tropa por lugares equívocos, el guerrillero pudo llegar un atardecer a Baracoa sin encontrar resistencia. Todavía estaba mi padre despachando en el colmado. Por suerte, un amigo corrió a avisarle que el guerrillero lo andaba buscando y, así como estaba, tomando sólo unos pesos de la caja, corrió por entre callejones y sembradíos hasta salir a una carretera lejana, donde detuvo a un camión carbonero y consiguió que lo llevara hasta Moa. De allí se la ingenió para llegar hasta Santiago, y con el auxilio del Cónsul dominicano destacado en el lugar, consiguió embarcar en un vapor bananero, que lo trajo hasta Puerto Plata, trayendo como única identificación una carta en la que el Cónsul señalaba que el susodicho afirmaba ser dominicano y residir en Cuesta Barrosa, por los lados de Sosúa, y que se le podía creer, porque hablaba con soltura del lugar, pudiendo dar detalles ampliamente, como no podría haber hecho quien no hubiera residido en el lugar por un buen tiempo.
Pocos días después llegaban noticias de los fusilamientos televisados, en Cuba, y de la expropiación de las propiedades y las cuentas bancarias de los millonarios que salieron huyendo. Con esa noticia se esfumaron los sueños de mi padre de convertirse en hacendado.
Cincuenta años después volví con él a Baracoa y me enseñó lo que quedaba del edificio en donde funcionaba el colmado. El banco estaba en el mismo lugar; pero con otro nombre. Un nombre en español, y no en inglés, como tenía cuando mi padre hacía sus depósitos a fin de mes.
Entramos, un policía alto y delgado no nos quitaba los ojos de encima mientras caminábamos hacia el mostrador. Preguntamos por el gerente a una muchacha, que nos respondió compañeros aquí el gerente y propietario es el pueblo, los que trabajamos aquí sólo colaboramos con cuidar sus intereses. Pero digan ustedes qué se les ofrece. Cuando le expliqué que mi padre había vuelto a reclamar el dinero que depositó allí, más los intereses devengados en los últimos 50 años, la muchacha soltó tan larga carcajada que no pudo contestarme. Se arrastró de la risa, y cada vez que se detenía e intentaba decir algo, volvía a reír ruidosamente, sin poder evitarlo. Los demás empleados, incluyendo al policía, le hicieron coro con el mismo entusiasmo.
Después de un buen rato en lo mismo, sin dejar de reírse, una dijo si no fuera por estos momenticos y los días de quincena…
Tomé a mi padre por un brazo y lo conduje suavemente hacia fuera. Intentó resistirse, hizo un ademán de rechazo, quiso alegar; pero entendió, finalmente, que ese dinero no se podía recuperar.
Las dos horas que tomó el vuelo de regreso las pasó silencioso, y cuando la linda cubana que hacía de aeromoza le ofreció el desayuno, la miró de arriba abajo y no le contestó nada. Por segunda vez se esfumaron sus sueños de ser un hacendado.
Trabajó duro 60 años en instituciones del gobierno relacionadas con el agro y nunca pudo juntar con qué comprar una tarea de tierra, a pesar de que él asignó miles de tareas de la reforma agraria. Fue instructor de agrónomos que luego se hicieron millonarios y él, siguió cargando, adonde lo mandaran, su silla de montar y recorriendo sobre una mula los pedazos de tierra que se podían sembrar, para ofrecer a los campesinos orientación y crédito agrícola. Es más, no pudo comprar ni el pedacito de tierra donde está enterrado y la suma de todos sus ahorros apenas alcanzó para pagar la mitad de su ataúd, que fue un féretro modesto, sin ninguna fastuosidad.
Yo no supe si colocarle los lentes en el bolsillo superior del saco, como acostumbraba llevarlos. Mi madre decidió, finalmente, que no. Dejen eso afuera, que a alguien le servirá. Algo similar sucedió con los zapatos. Yo pensaba que si iba vestido, lo natural era que también se le pusieran los zapatos, pero ella me reprendió con la mirada y no pudo evitar decirme qué ocurrencias tienes tú. ¿Adónde tú has visto poniéndole zapatos a un muerto? ¿Tú no ves que esa parte del cuerpo queda cubierta? Y, aunque no fuera así, al muerto sólo se le mira la cara.
¿Dónde están –me pregunté en la funeraria-, todos aquellos agrónomos, a los que recién graduados, él llevaba de la mano hasta que pudieran volar por sí solos? ¿Dónde, aquellos campesinos a los que sacó de duda sobre lo que sí era rentable sembrar y les consiguió crédito en el Banco Agrícola? ¿Dónde los muchos empleados que trabajaron bajo su tutela?
Por suerte, estábamos los hijos para caminar tras el carro fúnebre y, luego, cargar el ataúd.
No cabe duda, la vida de mi padre fue algo extraña, y su partida, un poco triste.

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Gracias por tan humana y bonita historia, muy buena para reflexionar…
Me quedé con ganas de saber si arrestaron a Carmoní, o si quedó en impunidad