Entre el griterío por los altos precios y la euforia, reflejada en las compras y otros ajetreos que generan tapones, diciembre avanza raudo.
Como un antiguo libreto, la gente sale a consumir, a divertirse, a deshacerse de la rutina que la aplasta y de las situaciones dolorosas.
Por unos días, la abrumadora carga de violencia, de desigualdad y de miserias es amortiguada con el gustico navideño y las expectativas de mejores tiempos.
Cada uno arma su paquete de planes, de metas que pretende alcanzar, que logran o no pero que podrían dejar en agenda para el año próximo o para otros.
Así, cargados de sueños, los que ilusionados esperan una feliz Navidad y un próspero año nuevo, confían en que vendrán épocas distintas, parabienes, cambios.
Una cosa sí permanece entre la población de todos los estratos, la esperanza de que todo mejorará y las cosas que pesan, que duelen cederán.
Año tras año, tantos mantendrán esa lucecita, algunos cada vez menos encendidas pero otros igual de fortalecida y muchos más olvidarán las cuestiones que día tragan el ya menguado presupuesto familiar.
El cronograma fiestero reinará en un espacio en que el pan y el circo espantan la memoria.
jpm-am

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